—¡Qué horror! ¿No le parece á usted, Mariano?—continuaba ella.—¡La mujer, lisa y escueta por delante y por detrás, con el pelo cortado y las manos duras, en competencia con el hombre para toda clase de luchas! ¡Y á esto llaman emancipación!... Buenos son ustedes: á los pocos días de vernos en esa facha, nos dirigirían á bofetadas.

No; ella no era de éstas. Deseaba el triunfo de la mujer, pero aumentando aún más sus encantos y seducciones. Si las quitaban la hermosura, ¿qué quedaría de ellas? La quería igual al hombre en inteligencia, pero superior á él por la magia de su belleza.

—Yo no aborrezco al hombre, Mariano. Yo soy muy mujer, y me gusta... ¿por qué he de negarlo?

—Lo sé, Concha; lo sé—dijo el pintor con aviesa intención.

—¿Qué ha de saber usted? Mentiras, murmuraciones que se ensañan en mí, porque no soy hipócrita ni tengo á todas horas un gesto grave.

Y arrastrada por ese deseo de ser compadecidas que sienten las mujeres de fama problemática, habló una vez más de su triste situación. Al conde ya lo conocía Renovales: un buen señor algo maniático, que sólo pensaba en sus baratijas honoríficas. La rodeaba de atenciones, velaba por su bienestar, pero no era nada para ella. Faltábale lo más importante: el corazón... el amor.

Hablaba elevando los ojos, con un anhelo de idealidad que hubiese hecho sonreir á otro que no fuese Renovales.

—En esta situación—decía con voz lenta y la mirada perdida,—no es extraño que una mujer busque la felicidad donde la encuentre. Pero yo soy muy desgraciada, Mariano; yo no sé lo que es amor; yo no he amado nunca.

¡Ay! Ella hubiese sido dichosa uniéndose á un hombre superior. Ser la compañera de un gran artista, de un sabio, habría hecho su felicidad. Los hombres que la rodeaban en los salones eran más jóvenes, más fuertes que el pobre conde, pero mentalmente aún valían menos que él. No era ninguna virtud, lo reconocía; con un amigo como el pintor no osaba mentir. Había tenido sus distracciones, sus caprichos, como muchas que pasaban por virtudes inexpugnables; pero de estas faltas salía siempre con una impresión de desencanto y disgusto. Sabía que el amor era una realidad para otras, pero ella no lograba encontrarlo.

Renovales había cesado de pintar. Ya no entraba por el ventanal la luz del sol. Los vidrios tenían una opacidad de tono violáceo. El crepúsculo invadía el estudio, y en su penumbra brillaban tenuamente, como chispas mortecinas, aquí una punta de marco, más allá el oro viejo de un estandarte bordado; en los rincones el pomo de una espada, el nácar de una vitrina.