Sentóse el pintor cerca de la condesa, sumiéndose en aquella atmósfera de perfumes que la rodeaba como un nimbo de acre voluptuosidad.

Él también era desgraciado. Lo declaraba sinceramente, creyendo de buena fe en la melancólica desesperación de la dama. Faltaba algo en su vida; se hallaba solo en el mundo. Y como viese en el rostro de Concha un gesto de asombro, se golpeó el pecho enérgicamente.

Sí, solo. Adivinaba lo que ella iba á decirle. Tenía á su mujer, tenía á su hija... De Milita no quería hablar: la adoraba; era su alegría. Al sentirse cansado del trabajo, experimentaba una sensación de dulce reposo pasando sus brazos en torno de su cuello. Pero él aun era joven para contentarse con estas alegrías del amor paternal. Deseaba algo más, y no podía encontrarlo en la compañera de su vida, siempre enferma, con los nervios en perpetua crisis. Además, no le comprendía; no le comprendería nunca: era una carga que abrumaba su talento.

Su unión sólo estaba basada en la amistad, en la gratitud por las penalidades que habían soportado juntos. También él había sufrido un engaño tomando por amor lo que sólo era un impulso de la afinidad juvenil. Él necesitaba una verdadera pasión; vivir en contacto con un alma gemela de la suya; amar á una mujer superior que le comprendiese y le animase en sus audacias, que supiera sacrificar sus preocupaciones burguesas á las exigencias del arte.

Hablaba con vehemencia, fijos sus ojos en los de Concha, que brillaban al recibir de frente la luz del ventanal.

Pero Renovales se vió cortado por una risa irónica, cruel, al mismo tiempo que la condesa echaba atrás su sillón como huyendo del artista, que lentamente se inclinaba hacia ella.

—¡Que se resbala usted, Mariano! ¡Que le veo venir! Un poco más, y me suelta usted su declaración... ¡Señor, qué hombres! Es imposible hablar con ellos como una buena amiga, concederles cierta confianza sin que al momento hablen de amor. Si le dejo á usted, antes de un minuto me dice que soy su ideal... que me adora.

Renovales, que se había apartado de ella recobrando su severidad, sintióse herido por esta risa burlona, y dijo con voz queda:

—¿Y si fuese cierto?... ¿Y si yo la amase?...

Volvió á sonar la risa de la condesa, pero forzada, falsa, con un tono que parecía arañar el pecho del artista.