—¡Lo que yo esperaba! ¡La consabida declaración! Con esta va la tercera que me hacen hoy. ¿Pero es que no se puede hablar con un hombre más que de amor?...
Puesta ya de pie, buscaba con la vista el sombrero, no recordando el lugar donde lo había dejado.
—Me voy, cher maître. Es peligroso quedarse aquí. Procuraré venir más pronto y que no nos sorprenda el crepúsculo. Es la hora traidora: el momento de las grandes tonterías.
El pintor se opuso á su marcha. Aun no había llegado su coche; podía esperar unos instantes más. La prometió permanecer tranquilo; no hablarla, ya que esto la disgustaba.
La condesa se quedó, pero no quiso sentarse en el sillón. Dió algunos pasos por el estudio y acabó por abrir la tapa de un armónium colocado cerca del ventanal.
—Vamos á hacer un poco de música; esto nos tranquilizará. Usted, Mariano, quietecito en su silla y sin acercarse. Á ver si es usted buen chico...
Posáronse sus dedos en el teclado, movieron sus pies los pedales y el Largo religioso, de Haendel, grave, místico, soñador, se extendió dulcemente por el estudio. La melodía esparcíase por la nave, envuelta ya en la penumbra; filtrábase entre los tapices, prolongando su alado susurro por los otros dos estudios, como si fuese el canto de un órgano tocado por invisibles manos, en una catedral desierta, á la hora misteriosa del anochecer.
Concha sentíase conmovida, con femenil sentimentalismo, con la superficial y caprichosa sensibilidad que le hacía ser considerada, por sus amigos, como una gran artista. La música la enternecía; hacía esfuerzos para que no saltasen lágrimas sus ojos, sin saber por qué.
De pronto cesó de tocar y volvió la cabeza con inquietud. El pintor estaba detrás de ella; creyó sentir en su nuca el soplo de su respiración. Quiso protestar, colocarle á distancia con una de sus risas crueles, pero no pudo.
—Mariano—murmuró,—á su asiento: á ser buen muchacho y obediente. ¡Mire usted que me enfado!