Pero permaneció inmóvil, después de haber dado media vuelta en su taburete, quedando de frente al ventanal, apoyando un codo en el teclado.
Estuvieron mucho tiempo silenciosos; ella en esta posición; él de pie, contemplando su rostro, que no era ya más que una mancha blanca en la creciente penumbra.
La vidriera destacábase ahora con una opacidad azulada. Las ramas del jardín cortábanla como tortuosos y movibles trazos de tinta. En la profunda calma del estudio sonaban los crujidos de los muebles; esa respiración de la madera, del polvo y los objetos en el silencio y la sombra.
Los dos parecían cautivados por el misterio de la hora, como si la muerte del día anestesiase su pensamiento. Sentíanse mecidos en un ensueño vago y dulce.
Ella tuvo un estremecimiento de voluptuosidad.
—Mariano, aléjese usted—dijo con voz lenta, como si le costase un gran esfuerzo.—Esto es muy bonito... parece que me encuentro en un baño... un gran baño que me penetra hasta el alma. Pero esto no está bien. Encienda usted, maestro. ¡Luz, luz! Esto no es correcto.
Mariano no la escuchaba. Se había inclinado sobre ella, cogiéndola una mano, fría, insensible, como si no se diese cuenta de la presión de la suya. Después, en un arranque súbito la besó, y faltó poco para que la mordiese.
La condesa pareció despertar y se irguió altiva, ofendida.
—Es una niñería, Mariano. Es un abuso.
Pero en seguida rió, con su risa cruel, como si sintiera lástima ante la confusión que mostraba Renovales viendo su enfado.