—Queda usted absuelto, maestro. Un beso en la mano no significa nada. Es un gesto protocolario... Son muchos los que me la besan.

Y esta indiferencia fué un amargo castigo para el artista, que consideraba su beso como una toma de posesión.

La condesa siguió buscando en la obscuridad, repitiendo con vocecilla irritada:

—¡Luz, haga usted luz! ¿Pero dónde está la llave?

Se hizo la luz sin que Mariano se moviese, sin que ella encontrase el tan buscado resorte. Brillaron en lo alto del estudio tres focos eléctricos y sus coronas de agujas blancas sacaron de la sombra los marcos dorados, los brillantes tapices, las armas relucientes, los muebles vistosos, las pinturas de vivos colores.

Los dos parpadearon, cegados por el repentino resplandor.

—Buenas noches—dijo del lado de la puerta una voz melosa.

—¡Josefina!...

La condesa corrió hacia ella, abrazándola con gran efusión, besando sus mejillas rojizas y descarnadas.

—¡Qué á obscuras estabais!—prosiguió Josefina con una sonrisa que conocía bien Renovales.