Concha la aturdió con el chaparrón de su palabrería. El ilustre maestro se había negado á encender; le gustaba el crepúsculo; ¡cosas de artista! Habían hablado mucho de su querida Josefina, mientras ella aguardaba la llegada del coche. Y decía esto besando á la mujercita, separándose un poco para contemplarla más á su gusto, repitiendo con vehemencia:

—¡Pero qué guapa estás hoy! Te encuentro mejor que hace tres días.

Josefina no cesaba de sonreir. Muchas gracias... El coche esperaba á la puerta. Se lo había dicho el criado cuando ella bajaba atraída por el eco lejano del armónium.

La condesa mostró prisa por irse. Recordaba de pronto un sinnúmero de cosas que debía hacer; enumeraba las personas que la aguardaban en su casa. Josefina la ayudó á colocarse el sombrero y el velo, y todavía, á través de éste, la dió la condesa varios besos de despedida.

—Adiós, ma chere. Adiós, mignone. ¿Te acuerdas del colegio? ¡Ay, cuán felices éramos allí!... Adiós, maître.

Todavía se detuvo en la puerta para besar una vez más á Josefina.

Y como final, antes de desaparecer, exclamó en un tono quejumbroso de víctima que desea ser compadecida:

—Te envidio, cherie. Tú, al menos, eres feliz: has encontrado un marido que te adora... Maestro, cuídela usted mucho: mímela para que se ponga buena y guapa... Cuídela usted, ó reñiremos.

VI

Renovales acabó de leer en la cama, según su costumbre los periódicos de la noche, y antes de apagar la luz miró á su mujer.