El pintor sentíase halagado por este cuadro de felicidad patriarcal. Se iría del mundo sin haber mordido los mejores frutos que ofrece la vida, pero con la paz de un alma que tampoco conoce las grandes vehemencias pasionales.

Mecido por estas ilusiones, el artista fué sumiéndose en el sueño. Veía en la sombra la imagen de su tranquila ancianidad, con arrugas sonrosadas y cabellera de plata: á su lado una viejecita vivaracha, sana y graciosa, peinada con bandós de brillante nieve, y en torno de ellos un corro de niños, muchos niños, unos urgándose las narices, otros revolcándose en el suelo, con la panza al aire, como gatitos revoltosos; los mayores, lápiz en mano, haciendo la caricatura de la valetudinaria pareja, y todos gritando á coro con un llamamiento de ternura: «¡Abuelitos ricos! ¡Abuelitos monos!...»

En su imaginación adormecida se esfumaba y borraba este cuadro. Ya no veía las figuras, pero el grito cariñoso seguía sonando en sus oídos cada vez más lejano.

Después volvía á crecer y se aproximaba lentamente, pero era una queja, un lamento tembloroso, un alarido como el de la bestia que siente en la garganta el cuchillo del sacrificador.

El artista, aterrado por este gemido, creyó que un animal obscuro, un monstruo de la noche, se agitaba junto á él, rozándolo con sus antenas, empujándole con las huesosas puntas de sus articulaciones.

Despertóse, y turbio aún su cerebro por las nieblas del sueño, lo primero que sintió fué un estremecimiento de miedo y sorpresa, extendiéndose de su nuca á sus pies. El monstruo invisible estaba junto á él, moribundo, pataleante, hiriéndole con las angulosidades de su cuerpo. El alarido rasgaba la obscuridad con estertor agónico.

Renovales, á impulsos del miedo, despertó por completo. Aquel lamento era de Josefina. Su mujer rodaba en la cama, rugiendo al beber penosamente el aire.

Crujió la llave de la luz y el resplandor blanco y crudo de la lámpara mostró á la mujercita, en el desorden de su crisis nerviosa: los flacos miembros contraídos dolorosamente; los ojos desmesuradamente abiertos, mates y con un estrabismo de agonía; la boca llorosa, goteando por sus comisuras una espumilla de rabia.

El marido, aturdido por este despertar, intentó cogerla en sus brazos, oprimirla dulcemente, como si su calor pudiese devolverla la calma.

—Déja... me—rugió ella con voz entrecortada.—Suelta... Te aborrezco...