Y era ella la que, pidiendo que la soltase, se aferraba á él, clavando los dedos en su cuello, como si quisiera extrangularle. Renovales, insensible á este apretón, que no hacía gran mella en su cuello atlético, murmuraba con triste bondad:

—¡Aprieta!... No temas hacerme daño. ¡Desahógate!

Sus manos, cansadas de oprimir inútilmente aquella carne musculosa, abandonaron su presa con cierto desaliento. Aun duró un buen rato la crisis, pero sobrevino el llanto, quedando la mujer anonadada, inerte, sin otras manifestaciones de vida que el estertor de su pecho y el incesante gotear del doble hilo lacrimoso.

Renovales había saltado de la cama, yendo por la habitación, en su grotesco atavío de dormir, buscando por todos lados, sin saber lo que buscaba, murmurando palabras cariñosas para tranquilizar á su esposa.

Ésta interrumpía sus gemidos, pugnando por introducir cada sílaba á través del estertor. Hablaba con la cabeza oculta entre los brazos. El pintor se detuvo á oirla, asombrado de las palabras soeces que se deslizaban de los labios de su Josefina, como si el pesar, al remover su alma, sacase á flote las groserías é impurezas oídas en la calle y depositadas en el fondo de su memoria.

—¡La tía... tal! (Y aquí soltaba la palabra clásica, con naturalidad, como si toda su vida hubiese hablado así.) ¡La sinvergüenza! La...

Y seguía lanzando un rosario de interjecciones que escandalizaban al marido, por salir de aquella boca.

—¿Pero de quién hablas? ¿Qué persona es esa?

Ella, como si sólo aguardase estas preguntas, se incorporó en la cama, púsose de rodillas, mostrando su triste osamenta, mirándole fijamente, moviendo sobre el frágil cuello su cabeza, en torno de la cual se arremolinaban los cortos y lacios mechones de la cabellera.

—¿De quién ha de ser? De la de Alberca... ¡De ese grandísimo plumero! ¡Hazte de nuevas! ¡Tú no sabes nada! ¡Pobrecito!