Renovales esperaba esto, pero al oirlo, tomó una actitud arrogante, fortalecido por sus propósitos de enmienda y por la certeza de que decía verdad. Se llevó la mano al corazón en actitud teatral, echando atrás su melena, sin reparar en lo grotesco de su figura, que se reflejaba en los espejos del dormitorio.

—Josefina, te juro por lo más que amo en el mundo, que no es cierto lo que supones. Nada tengo que ver con Concha. ¡Por nuestra hija te lo juro!

La mujercita se irritó aún más.

—No jures, no mientas... no nombres á mi hija. ¡Embustero! ¡Hipócrita! Todos sois iguales.

¿La creía una tonta? Estaba enterada de cuanto ocurría en torno de ella. Él era un libertino, un mal esposo: lo había conocido á los pocos meses de matrimonio; un bohemio sin otra educación que las perversas tertulias de los de su clase. Y la otra era cualquier cosa; lo peorcito de Madrid: por algo se reían en todas partes del conde... Mariano y Concha se entendían; tal para cual; se burlaban de ella en su propia casa, á obscuras en el estudio.

—Es tu querida—decía con fría cólera.—Vamos, hombre, confiésalo; repite todas esas desvergüenzas del derecho al amor y el derecho á la alegría de que hablas con tus amigotes en el estudio; esas infamias hipócritas para justificar el desprecio á la familia, al matrimonio... á todo. Ten el valor de tus actos.

Pero Renovales, aturdido por esta palabrería feroz, que caía sobre él como una lluvia de latigazos, sólo sabía repetir, con la mano en el corazón y el gesto noblemente resignado del que sufre una injusticia:

—Soy inocente. Te lo juro. No hay nada de lo que supones.

Y pasando al otro lado de la cama, intentaba coger de nuevo entre sus brazos á Josefina, creyendo calmarla, ahora que parecía menos furiosa y el llanto cortaba sus airadas palabras.

Trabajo inútil. El frágil cuerpo escurríase entre sus manos, repeliéndolas con una sensación de horror y repugnancia.