—Déjame; no me toques. Me das asco.

Se engañaba su marido si creía que ella era enemiga de Concha. ¡Bah! Conocía bien á las mujeres. Hasta aceptaba (ya que tan tenaz era en sus juramentos de inocencia) que no existía nada entre los dos. Pero sería por ella, que estaba harta de adoradores, y á impulsos de una antigua amistad no quería amargar la existencia de Josefina. Era Concha la que había resistido y no él.

—Te conozco. Ya sabes que adivino tus pensamientos, que leo en tu frente. Eres fiel por cobardía, por falta de ocasión. Pero el pensamiento lo llevas cargado de obscenidades; tu interior me da asco.

Y antes de que pudiese protestar, su mujer le atacaba nuevamente, soltando de una vez todas las observaciones que había hecho, pesando sus actos y palabras con la sutileza de una imaginación enferma.

Echábale en cara la expresión de arrobamiento de sus ojos cuando veía á las damas hermosas colocarse ante su caballete para ser retratadas; los elogios á la garganta de una, á los hombros de otra: la unción casi religiosa con que examinaba las fotografías y los grabados representando beldades desnudas, pintadas por otros artistas, á los que él pretendía seguir en sus impulsos de libertinaje.

—¡Si yo te dejase! ¡Si yo desapareciese!... Tu estudio sería un burdel; no podría entrar en él una persona decente; siempre tendrías al fresco alguna mujer, copiando sus vergüenzas.

Y en el temblor de su voz irritada revelábase la ira, la amarga decepción de presenciar á todas horas este culto de la belleza, este elogio continuo á la hermosura, sin fijarse en que ella estaba presente, envejecida antes de tiempo, enferma, con la fealdad de la miseria física, y que cada uno de estos entusiasmos la hería como un reproche, marcando un abismo entre su triste condición y el ideal que llenaba la mente de su esposo.

—¿Crees que no sé lo que piensas?... Me río de tu fidelidad. ¡Mentira! ¡Hipocresía! Así como te haces viejo, te domina un deseo rabioso. Si pudieses, si tuvieras valor, correrías tras esas bestias de hermosas carnes que tanto elogias... Eres un ordinario. No hay en ti más que grosería y materialidad. ¡La forma! ¡La carne! ¿Y á esto llaman artista?... Mejor hubiera sido casarme con un zapatero, con uno de esos hombres buenos y simples que los domingos van con su pobre mujercita á comer en los merenderos y la adoran no conociendo á otra.

Renovales comenzaba á sentirse irritado por este ataque, que ya no se basaba en sus actos, sino en su pensamiento. Aquello era peor que el Santo Oficio. Le había espiado á todas horas; siempre atenta y observadora, recogía sus menores palabras y gestos; penetraba en su pensamiento, haciendo materia de celos sus preocupaciones y sus entusiasmos.

—Calla, Josefina... Eso es indigno. No podré pensar, no podré producir... Me espías y persigues hasta en mi arte.