Ella levantaba los hombros con desprecio. ¡Su arte! Se burlaba de él.
Y volvía á insultar á la pintura, arrepintiéndose de haber unido su suerte á la de un artista. Los hombres como él no debían casarse con mujeres decentes, con las que se llaman mujeres de su casa. Su destino era permanecer solos, ó agregarse á hembras sin escrúpulo, enamoradas de su cuerpo, capaces de exhibirlo en medio de la calle, con el orgullo de su desnudez.
—Yo te he querido, ¿sabes?—decía fríamente.—Te he querido, pero ya no te quiero. ¿Para qué? Sé que aunque me lo jures de rodillas, nunca me serás fiel. Estarás cosido á mis faldas y tu pensamiento irá lejos, muy lejos, acariciando esas vergüenzas que adoras. Tienes un serrallo en la cabeza. Creo vivir sola contigo, y al mirarte, la casa se puebla de mujeres, que me rodean, que lo llenan todo y se burlan de mí; todas hermosas, como bestias del demonio; todas desnudas, como tentaciones... Déjame, Mariano; no te acerques. No quiero verte. Apaga la luz.
Y viendo que el artista no obedecía su mandato, ella misma dió vuelta á la llave, oyéndose en la obscuridad el chasquido de sus huesos al arrebujarse en las ropas del lecho.
Renovales quedó en densa sombra, y á tientas buscó la cama, acostándose también. Ya no suplicaba; permanecía mudo, irritado. Habíase desvanecido la tierna compasión que le hacía soportar las agresivas nerviosidades de su mujer. ¿Qué más quería de él?... ¿Hasta donde iba á llegar?... Llevaba una vida de asceta, conteniendo sus apasionamientos de hombre sano, guardando por costumbre y por respeto una casta fidelidad, buscando un alivio en los fogosos extravíos de su imaginación... ¡y aun esto era un crimen! Con la agudeza de su pensamiento de enferma, penetraba ella en él, adivinando sus ideas, siguiendo su curso, rasgando el velo de misterio tras el cual ocultaba aquellos banquetes de ilusiones, en los que entretenía sus horas de soledad. ¡Hasta á su cerebro llegaba esta persecución! No podían sufrirse con paciencia los celos de aquella mujer, amargada por la pérdida de su frescura juvenil.
Ella reanudaba su llanto en la obscuridad. Gemía convulsivamente, agitando las ropas con el estertor de su pecho.
La cólera hacía insensible y duro al marido.
—¡Gime, pobrecita!—pensaba con cierta fruición.—Llora hasta deshacerte; no seré yo quien te diga una palabra.
Josefina, cansada de su mutismo, intercalaba palabras entre los lamentos. ¡Se burlaban de ella! ¡Vivía en perpetuo ridículo!... Los amigos que escuchaban al ilustre maestro, las señoras que visitaban su estudio, ¡cómo reirían al oirle sus arrebatados elogios á la belleza ante su mujer enferma y arruinada! ¿Qué era ella en aquella casa, panteón espantoso, nido de tristezas? Una pobre ama de llaves que cuidaba del bienestar del artista. Y el señor creía cumplir todos los deberes no manteniendo una querida, saliendo poco de casa, pero maltratándola con sus palabras, que la hacían objeto de ludibrio. ¡Si viviese su madre!... ¡Si sus hermanos no fuesen unos egoístas, que rodaban por el mundo, de embajada en embajada, contentos de la vida, dejando sin contestación sus cartas llenas de quejas y teniéndola por loca, al ver que se lamentaba de poseer un esposo ilustre y de ser rica!
Renovales, en la obscuridad, se llevaba las manos á la frente con gesto de desesperación, enfurecido por el sonsonete de tanta injusticia.