—¡Su madre!—pensaba.—Bien está la insufrible señora para siempre en su agujero. ¡Sus hermanos! Unos sinvergüenzas que siempre que pueden me piden algo... ¡Señor! ¡Paciencia para sufrir á esta mujer; resignación y calma para conservar mi frialdad, para que no olvide que soy un hombre!
La despreciaba en su pensamiento para mantener de este modo su impasibilidad. ¡Bah! ¡Una mujer... una enferma! Todos en el mundo arrastran su cruz, y la suya era Josefina.
Pero ésta, como si adivinase los pensamientos de su compañero de lecho, cesó de llorar y le habló con voz lenta, en la que temblaba una ironía cruel:
—De la de Alberca no esperes nada—dijo de pronto con femenil incoherencia.—Te advierto que tiene los adoradores por docenas: juventud y elegancia, que para las mujeres es algo más que el talento.
—¿Y á mi qué?—rugió en la obscuridad la voz de Renovales, con una explosión de cólera.
—Te lo digo para que no te forjes ilusiones... Maestro, va usted á sufrir un fracaso. Estás muy viejo, buen hombre; los años pasan... Tan viejo y tan feo que, si te hubiese conocido así, no sería tu mujer á pesar de toda tu gloria.
Después de este golpe, satisfecha y tranquila, cesó de llorar y pareció dormirse.
El maestro permaneció inmóvil, tendido de espaldas, con la cabeza apoyada en los brazos y los ojos muy abiertos, viendo poblarse la obscuridad de puntos rojos, que se ensanchaban en incesante rotación, formando anillos inflamados y flotantes. La cólera había sacudido sus nervios; la puñalada final no le dejaba dormir. Sentíase inquieto, desvelado por este cruel desgarrón en su amor propio. Creía tener en su cama, á corta distancia de él, á su mayor enemigo. Odiaba este cuerpecillo ruin que casi podía tocar con un ligero movimiento, como si encerrase la bilis de todos los adversarios con los que había chocado en su vida.
¡Viejo! ¡Despreciable! ¡Inferior á aquellos señoritos que pululaban en torno de la de Alberca; él, un hombre conocido por toda Europa y en cuya presencia palidecían emocionadas, mirándole con ojos de adoración, todas las señoritas que pintan abanicos y acuarelas de pájaros y flores!...
—Ya te lo diré más adelante, pobre mujer—pensaba, mientras una risa feroz deslizábase invisible en la sombra.—Ya verás si la gloria es algo y si me encuentran tan viejo como tú crees.