Con una alegría de adolescente recordaba la escena del crepúsculo, el beso en la mano de la condesa, su dulce abandono, aquella mezcla de resistencia y de agrado que le abría el camino para ir más adelante. Saboreaba estos recuerdos con la fruición de la venganza.

Después, su cuerpo, al moverse, tropezó con el de Josefina, que parecía dormir, y experimentó cierta repulsión, como si rozase un animal hostil.

Era su enemigo: había torcido y desorientado su vida de artista y entristecía su vida de hombre. Creíase ahora capaz de haber producido las obras más asombrosas, de no conocer á aquella mujercita que gravitaba sobre él con aplastante pesadumbre. Su censura muda, la fiscalización de sus ojos, aquella moralidad estrecha y mezquina de señorita bien educada, cerrábanle el paso, haciéndole salir de su camino. Sus cóleras, sus crisis nerviosas le desorientaban, achicándolo, robándole fuerzas para el trabajo. ¿Y siempre habría de vivir así?... Pensó con horror en los largos años que aun quedaban delante de él; en el camino que le ofrecía la vida, monótono, polvoriento, de agria cuesta, sin una sombra, sin un descanso, marchando trabajosamente, falto de entusiasmos y bríos, tirando de la cadena del deber, á cuyo extremo se arrastraba el enemigo, siempre quejumbroso, siempre injusto, con la egoísta crueldad del enfermo, espiándolo con ojos inquisitoriales á las horas en que se repliega el pensamiento, á las horas en que surge el sueño, violando su descuido, forzando su inmovilidad, robándole sus ideas más intimas para después pasárselas ante los ojos con insolencia de ladrón triunfante. ¡Y esto había de ser toda su vida!... ¡Cristo! No; mejor era morir.

Entonces surgió en las negruras de su cerebro, como una chispa azul, de lúgubre fulgor, un pensamiento, un deseo, que hizo correr por su cuerpo el escalofrío de la estupefacción y la sorpresa:

—¡Si se muriese!...

¿Por qué no?... Siempre enferma, siempre triste, parecía obscurecer su pensamiento con las alas de su alma, unas alas de cuervo, de tétrica agitación. Él tenia derecho á la libertad, á romper la cadena, porque era el más fuerte. Había pasado la vida deseando la gloria, y la gloria era un engaño si no proporcionaba más que el frío respeto de las gentes, si no podía cambiarse por algo más positivo. Aun le quedaban muchos años de existencia intensa; aun podía regodearse con un atracón colosal de placeres; aun podía vivir como ciertos artistas que él admiraba, ebrios de dulzuras mundanales, trabajando en loca libertad.

—¡Ay! ¡Si se muriese!...

Recordaba ciertos libros que había leído, en los cuales otros personajes imaginarios deseaban también la muerte ajena para satisfacer con más amplitud sus apetitos y pasiones.

De pronto creyó despertar, salir de un mal sueño, arrancarse con honda emoción de una pesadilla aterradora. ¡Pobre Josefina!... Le horrorizaba su pensamiento: sentía el fúnebre deseo abrasar su conciencia, como un hierro ardiente que levanta chirridos con su contacto. No era ternura lo que le hacía volver hacia su compañera, eso no; la guardaba rencor. Pero pensaba en sus años de sacrificio; en las privaciones que había sufrido al seguirle en su lucha con la miseria, sin una queja, sin una protesta, en los dolores de su maternidad, en el sustento que había dado á su hija, aquella Milita que parecía haber robado todo el vigor de su cuerpo y tal vez era causa de su decadencia. ¡Qué horror, desear su muerte!... ¡Que viviera! Él lo sufriría todo con la paciencia del deber. ¿Morir ella? Nunca; antes deseaba morir él.

Pero en vano pugnó el artista por olvidar su pensamiento. El deseo atroz, monstruoso, una vez despertado, se resistía, negándose á retroceder, á ocultarse, á morir en las tortuosidades cerebrales de donde había surgido. En vano se arrepentía de esta perversidad y se avergonzaba de su idea feroz, queriendo aplastarla para siempre. Parecía que dentro de él había surgido una segunda persona, rebelde á sus mandatos, ajena á su conciencia, insensible y dura á los escrúpulos compasivos, y esta personalidad, este dominio, seguía cantando en su oreja con acento alegre, como si le prometiese todas las voluptuosidades de la vida: