—¡Si se muriese!... ¿eh, maestro?... ¡Si se muriese!...

SEGUNDA PARTE

I

Al llegar la primavera, López de Sosa, el «intrépido sportman», según le llamaba Cotoner, presentábase todas las tardes en el hotel de Renovales.

Fuera de la verja quedaba el automóvil de cuarenta caballos, su última adquisición, de la que hablaba con orgullo; un vehículo enorme, charolado de verde, que avanzaba y retrocedía bajo la mano del chauffeur, mientras el dueño cruzaba el jardín de la casa del pintor.

Renovales le veía entrar en su estudio, vestido de azul, con una gorra de visera brillante sobre los ojos, afectando el aire resuelto de un marino ó de un explorador.

—Buenas tardes, don Mariano. Vengo por las señoras.

Y bajaba Milita envuelta hasta los pies en un gabán gris, cubriendo su cabellera con una gorra blanca, en torno de la cual se arrollaba el largo velo azul. Tras ella aparecía la madre, vestida del mismo modo, pequeña é insignificante al lado de aquella muchacha que parecía abrumarla con su salud y su gallardía.

Renovales elogiaba mucho estos paseos. Josefina se quejaba de las piernas; una repentina debilidad la hacía algunas veces permanecer en un sillón días enteros. Refractaria á todo movimiento, le gustaba correr inmóvil en aquel carruaje que devoraba las distancias, llegando á puntos lejanos de Madrid sin esfuerzo alguno, como si no se hubiera movido de su casa.

—Divertirse mucho—decía el pintor con cierta alegría al quedar solo, completamente solo, sin la inquietud de percibir cerca de él la hostilidad conyugal.—Á usted se las confío, Rafaelito; nada de locuras, ¿eh?