Y Rafaelito esbozaba un gesto de protesta, como escandalizado de que alguien pudiese dudar de su pericia. Con él no había cuidado.
—¿Y usted no viene, don Mariano? Deje usted los pinceles. No vamos más que al Pardo.
El pintor se excusaba; tenía mucho que hacer. Estaba enterado de lo que era aquello y no le placía ir tan aprisa. Le disgustaba tragarse el espacio con los ojos casi cerrados, no viendo apenas la campiña esfumada por la velocidad, entre nubes de polvo y piedra machacada. Prefería contemplar el paisaje tranquilamente, sin prisa, con la calma reflexiva del que estudia. Además era refractario á lo que no fuese de su tiempo; iba para viejo, y estas novedades estupendas no le iban.
—Adiós, papá.
Milita, levantándose el velo, avanzaba sus labios rojos y sensuales, mostrando al sonreir su dentadura nítida. Después de este beso venía el otro, ceremonioso, frío, cambiado con la indiferencia de la costumbre, sin más novedad que la de huir su boca Josefina como si quisiera evitar todo contacto intimo.
Salían los tres, apoyándose la madre en el brazo de Rafaelito, con cierta pereza, como si apenas pudiese arrastrar su flaco cuerpo, y con una palidez que no animaba el más leve arrebol de la circulación de la sangre.
Al quedar solo en su estudio, experimentaba Renovales la alegría de un muchacho en asueto. Trabajaba con mayor ligereza, cantaba á gritos, complaciéndose en escuchar los ecos que despertaba su voz en las sonoras naves. Muchas veces, al entrar Cotoner, le sorprendía entonando con impúdica serenidad alguna de las canciones licenciosas que había aprendido en Roma, y el pintor de los Papas, sonriente como un fauno, le hacía coro, aplaudiendo al final estas picardías de estudio.
Tekli, el húngaro, que algunas tardes les acompañaba, había partido para su país con su copia de Las Meninas, después de llevarse las manos de Renovales varias veces al corazón, con grandes extremos afectuosos, llamándole maestrone. El retrato de la condesa de Alberca ya no estaba en el estudio. Rodeado de un marco coruscante, exhibíase en el salón de la ilustre dama, recibiendo la adoración de su tertulia de admiradores.
Algunas tardes, después que las señoras abandonaban el estudio y se alejaba el sordo rodar del automóvil con grandes mugidos de bocina, el maestro y su amigo hablaban de López de Sosa. Un buen muchacho, algo tonto, pero excelente persona. Este era el juicio de Renovales y su viejo amigo. Estaba orgulloso de sus bigotes, que le daban cierto parecido con el emperador alemán, y al sentarse tenía buen cuidado de exhibir sus manos, poniéndolas en evidencia sobre las rodillas, para que apreciasen todos su vigorosa enormidad, sus salientes venas y sus dedos fuertes, con una ingenua satisfacción de cavador. Su conversación giraba siempre en torno de empresas vigorosas, y ante los dos artistas pavoneábase como si perteneciese á otra raza, hablando de sus hazañas de esgrimidor, de sus triunfos en los asaltos, de los kilos que levantaba sin el más leve esfuerzo, de las sillas que podía saltar sin rozarlas siquiera. Muchas veces interrumpía á los dos pintores cuando elogiaban á los grandes maestros del arte, para comunicarles el último triunfo de cualquier automovilista célebre en la conquista de la disputada copa. Sabía de memoria los nombres de todos los campeones europeos que habían alcanzado el laurel de la inmortalidad, corriendo, saltando, matando pichones, dándose patadas ó manejando hierros.
Renovales le había visto entrar en su estudio una tarde, trémulo de emoción, con los ojos brillantes, mostrándole un telegrama.