—¿Cuántas corbatas tiene usted ahora, Rafael?
Unas setecientas: las había contado recientemente. Y avergonzado de no poseer todavía el ansiado millar, hablaba de surtirse en su próximo viaje á Londres, cuando se disputaran la copa los primeros automovilistas británicos. Sus botas las recibía de París, pero las fabricaba un zapatero de Suecia, el mismo que calzaba á Eduardo de Inglaterra; los pantalones los contaba por docenas y nunca se ponía uno más allá de ocho ó diez veces; la ropa blanca pasaba á poder de su ayuda de cámara apenas usada; sus sombreros eran todos londonienses. Se hacía por año ocho levitas, que envejecían muchas veces sin llegar al estreno: las tenía de varios colores, con arreglo á las circunstancias y á las horas en que debía usarlas. Una especial, de largos faldones y un negro mate, sombrío y austero, copiada de las ilustraciones extranjeras que representaban desafíos, era su uniforme de los momentos solemnes, la que vestía cuando algún amigo le buscaba en la Peña para que le asistiese y representase, con su pericia de hombre escrupuloso en asuntos de honor.
Su sastre admiraba su talento, su magistral golpe de vista para escoger las telas y decidir el corte entre los innumerables figurines. Total, que invertía unos cinco mil duros por año en sus trajes, y decía con sencillez á los dos artistas:
—¡Qué menos puede gastar una persona decente para estar presentable!...
López de Sosa visitaba la casa de Renovales como amigo después de haberle pintado éste su retrato. Á pesar de sus automóviles, de sus trajes y de escoger sus relaciones entre las gentes que ostentaban títulos nobiliarios, no conseguía echar raíces en lo que él llamaba gran mundo. Sabía que á sus espaldas le designaban con el apodo de «Bonito en escabeche», aludiendo á las fabricaciones paternas, y que las señoritas que le tenían por amigo rebelábanse ante la idea de casarse con el «Chico de las conservas», que era otro de sus falsos nombres. La amistad de Renovales fué para él un motivo de orgullo.
Había solicitado que hiciese su retrato, pagándolo sin regateo, para que figurase en la Exposición; una manera de distinguirse como cualquiera otra, de introducir su insignificancia entre los hombres de alguna celebridad pintados por el artista. Después intimó con el maestro, hablando en todas partes de su «amigo Renovales» con cierta llaneza, como si fuese un camarada que no podía vivir sin él. Esto le realzaba mucho ante sus conocimientos. Además, sentía una admiración ingenua por el maestro desde una tarde en que algo fatigado por el relato de sus azañas de esgrimidor, abandonó los pinceles, y descolgando unas espadas viejas, tiró con él varios asaltos. ¡Vaya con don Mariano! ¡Y cómo se traía sus cositas aprendidas allá en Roma!...
Frecuentando el hotel del artista, acabó por sentirse impulsado hacia Milita: vió en ella la mujer deseada para su matrimonio. Á falta de más sonoros títulos, ser yerno de Renovales era algo. Además, el pintor gozaba fama de rico; se hablaba de sus enormes ganancias y aun le quedaban por delante muchos años de trabajo para acrecentar esta fortuna, que había de ser para su hija.
López de Sosa comenzó á hacer la corte á Milita apelando á sus grandes medios; presentándose cada día con distinto traje, llegando todas las tardes, ya en un carruaje de vistoso tiro, ya en uno de sus automóviles. El elegante muchacho conquistó la tolerancia de la madre, lo que no era poco. Un marido así convenía á su hija. ¡Nada de pintores! Y el pobre Soldevilla en vano arboraba las más vistosas corbatas y exhibía escandalosos chalecos; su rival le aplastaba, y lo que era peor, la señora del maestro, que le tenía antes cierto afecto maternal y le tuteaba por haberle conocido casi un niño, acogíale ahora fríamente, como si desease intimidarle en sus pretensiones sobre Milita.
Ésta fluctuaba sonriente y burlona entre ambos adoradores. Lo mismo parecía importarle uno que otro. Desesperaba al pintor, al compañero de su infancia, maltratándole unas veces con sus bromas, atrayéndolo otras con efusivas intimidades, como en la época que jugaban juntos, y al mismo tiempo elogiaba la elegancia de López de Sosa, reía con él y hasta recelaba Soldevilla que se escribían cartas como si ya fuesen novios.
Renovales celebraba la gracia con que su hija llevaba anhelantes é indecisos en torno de ella á los dos muchachos. Era temible; un chico con faldas, más varonil que sus dos adoradores.