—La conozco, Pepe—decía á Cotoner.—Hay que dejarla hacer su voluntad. El día que se decida por uno ó por otro, habrá que casarla en seguida. No es de las que esperan. Si no la casamos pronto y á gusto, es capaz de escaparse con el novio.

El padre justificaba esta impaciencia de Milita. ¡Pobrecilla! ¡Para lo que veía en su casa! La madre siempre enferma, azorándola con sus llantos, sus gritos y sus crisis nerviosas: el padre trabajando en el estudio, y por toda compañía la antipática Miss. Había que dar gracias á López de Sosa porque las sacaba de casa, volviendo Josefina un tanto calmada de estas carreras vertiginosas.

Prefería Renovales á su discípulo. Era casi su hijo, había reñido grandes batallas por darle pensiones y premios. Un tanto disgustadillo le tenía por ciertas menudas infidelidades, pues al verse con cierto nombre, alardeaba de independencia, elogiando á espaldas del maestro todo lo que éste creía vituperable. Pero aun así, le agradaba la idea de que pudiese casarse con su hija. El yerno pintor; los nietos pintores; la sangre de Renovales perpetuándose en una dinastía de artistas que llenase la historia con resplandores gloriosos.

—Pero ¡ay, Pepe! Me temo que la niña se irá con el otro. ¡Al fin, mujer! Las hembras sólo aprecian lo que se ve; la gallardía, la juventud.

Y las palabras del maestro denotaban cierta amargura, como si pensase en algo muy distinto de lo que decía.

Después examinaba los méritos de López de Sosa, como si ya se hubiese introducido en la familia.

—Un buen muchacho, ¿verdad, Pepe?... Algo imbécil para nosotros; incapaz de hablar diez minutos sin que bostecemos; excelente persona... pero no es de nuestra promoción.

Renovales hablaba con cierto desprecio de la juventud vigorosa, sana y con el cerebro virgen de todo cultivo, que acababa de asaltar la vida, invadiéndolo todo. ¡Qué gente! Mucha gimnasia, mucha esgrima, patadas á una pelota enorme, mazazos á caballo, carreras locas en automóvil: desde los reyes al último retoño de burgués, todos se lanzaban á esta vida de goces infantiles, como si la misión del hombre sólo consistiera en endurecer los músculos, sudar é interesarse en las peripecias de un juego. La actividad huía del cerebro, para localizarse en los tentáculos del cuerpo. Eran fuertes, pero la inteligencia permanecía en barbecho; envuelta en una bruma de credulidad infantil. Los nuevos hombres parecían plantarse para siempre en los catorce años; no iban más allá, satisfechos con las voluptuosidades del movimiento y la fuerza. Muchos de aquellos mocetones eran vírgenes ó casi vírgenes, á la edad en que en otros tiempos se estaba de vuelta, con el hastío del amor. Ocupados en correr, sin dirección ni objeto, no tenían tiempo ni calma para pensar en la hembra. El amor iba á declararse en huelga, no pudiendo resistir la competencia de los sports. Los jóvenes vivían aparte, ellos entre ellos, encontrando en el esfuerzo atlético una satisfacción que les dejaba ahitos y sin curiosidad para los demás placeres de la vida. Eran niños grandes, de puños fuertes: podían luchar con un toro y veían con timidez la aproximación de una mujer. Toda la savia de su vida se escapaba en los ejercicios violentos. La inteligencia parecía haberse aglomerado en sus manos, dejando vacío el cráneo. ¿Adonde iba la gente nueva?... Tal vez á formar otra humanidad más sana, más fuerte, sin amor, sin apasionamientos, sin otras aproximaciones que el ciego impulso de la reproducción. Tal vez este culto á la fuerza, esta vida continua de hombres entre hombres, desnudándose en la promiscuidad de los ejercicios, admirando el músculo hinchado y la vigorosidad saliente, se desviara en repugnante aberración, y todo ello parase en resucitar los tiempos clásicos con sus atletas que, habituados al desprecio de la mujer, se envilecían imitando sus pasividades.

—Nosotros éramos de otro modo, ¿eh, Pepe?—decía Renovales guiñando un ojo con expresión maliciosa.—De muchachos cuidábamos menos el cuerpo, pero le dábamos mayores satisfacciones. No éramos tan puros, pero nos preocupaba algo más alto que el automóvil ó la copa de honor: teníamos ideales.

Volvía después á hablar de aquel señorito que pretendía introducirse en su familia, y se burlaba de su mentalidad.