—Si Milita se decide por él, yo no me opongo. Lo que importa en estos casos es entenderse. Él es un buen chico; casi podría ir al matrimonio con flores de azahar. Pero no sé si pasada la impresión de la novedad volverá á entregarse á sus aficiones y la pobre Milita sentirá celos de esos artefactos que le comen una parte de la fortuna.
Algunas tardes, antes de que acabase la luz, Renovales despedía al modelo, si es que lo tenía, y abandonaba los pinceles, saliendo del estudio. Al volver presentábase con sombrero y gabán.
—Pepe, vamos á dar una vuelta.
Cotoner sabía hasta dónde llegaba esta vuelta.
Seguían la verja del Retiro, bajaban la calle de Alcalá, caminando lentamente entre los grupos de paseantes, algunos de los cuales volvíanse á sus espaldas para señalar al maestro. «Ese más alto es Renovales, el pintor.» Á los pocos minutos aceleraba el paso Mariano con nerviosa impaciencia, dejaba de hablar, y Cotoner le seguía con gesto malhumorado, cantando entre dientes. Al llegar á la Cibeles ya sabía el viejo pintor que se aproximaban al término del paseo.
—Hasta mañana, Pepe; me voy por aquí. Tengo que ver á la condesa.
Un día no se limitó á esta concisa despedida. Después de alejarse algunos pasos volvió hacia su compañero, para hablarle con cierta vacilación:
—Oye: si Josefina te pregunta adónde voy, no digas nada... Ya sé que eres discreto, pero ella es de cuidado. Te digo esto para evitarme explicaciones. Las dos no se llevan bien... ¡Cosas de mujeres!
II
Al principio de la primavera, cuando Madrid creía de buena fe haber entrado en la buena estación y los impacientes sacaban á luz sus sombreros veraniegos, volvió inesperadamente el invierno con un retroceso traidor, entenebreciendo el cielo, cubriendo con una sábana de nieve la tierra resquebrajada por el calor solar, los jardines en los que apuntaban las hojas de la vegetación primaveral y se esparcían las primeras flores.