La chimenea volvió á encenderse en el salón de la de Alberca, buscando su calor todos los señores que formaban su tertulia los días en que la «ilustre condesa» se quedaba en casa, no teniendo reunión que presidir ni visitas que hacer.
Renovales, al llegar una tarde, habló con entusiasmo del aspecto que ofrecía la Moncloa cubierta de nieve. Venía de allá; un hermoso espectáculo; el bosque, sumido en el silencio invernal, sorprendido por el blanco sudario, cuando comenzaba á crujir con el primer hervor de la savia. ¡Lástima que la manía fotográfica poblase el bosque de tantos buenos señores, que iban de una parte á otra con sus maquinillas, ensuciando la pureza de la nieve!
La condesa mostró una curiosidad infantil. Quería ver aquello: iría al día siguiente. En vano sus amigos la disuadieron hablando del próximo cambio del tiempo. Al otro día saldría el sol, se derretirían las nieves; esas tormentas inesperadas tenían la inestabilidad caprichosa del clima de Madrid.
—No importa—dijo Concha con tenacidad.—Se me ha metido en la cabeza ir á la Moncloa. Hace años que no la veo. ¡Con esta vida tan ocupada!...
Iría á ver el deshielo por la mañana... Por la mañana no. Se levantaba tarde, y había de recibir á todas aquellas señoras del feminismo que venían á consultarla. Por la tarde: iría después del almuerzo. ¡Lástima que el maestro Renovales trabajase á esa hora y no pudiera acompañarla! ¡Él que sabía ver el paisaje tan admirablemente, con sus ojos de artista, y la había hablado muchas veces de la puesta del sol vista desde el palacete de la Moncloa; un espectáculo casi igual al que se contempla en Roma desde el Pincio á la caída de la tarde!... El pintor sonrió galantemente. Procuraría estar al día siguiente en la Moncloa; ya se encontrarían.
La condesa pareció alarmarse de pronto por esta promesa y lanzó una mirada al doctor Monteverde. Pero sufrió una decepción, en su deseo de verse tachada de ligera é infiel, al notar que aquél permanecía indiferente.
¡Dichoso doctor! ¡Y cómo le odiaba el maestro Renovales! Era un jovenzuelo hermoso y frágil como una figulina de porcelana; un conjunto de bellezas extremadas hasta el punto de dar á su rostro una exageración caricaturesca. El pelo, partido en dos bandós sobre la pálida frente, negro, muy negro y brillante, con reflejos azulados; los ojos, de una suavidad aterciopelada, mostrando en su dilatado corte la mancha carmesí del lacrimal sobre el nítido marfil de las córneas; unos verdaderos ojos de odalisca: los labios rojos, enseñando su color de sangre por entre la celosía del erizado bigote; la tez de una palidez de camelia, y la dentadura con un brillo temblón semejante al del nácar. Concha le miraba con arrobamiento devoto; hablaba con los ojos puestos en él, consultándole con la mirada, lamentando internamente su falta de despotismo, deseando ser su sierva, verse corregida por él en todos los caprichos de su carácter veleidoso.
Renovales lo despreciaba, dudando de su virilidad, haciendo los más atroces comentarios con su rudeza de lenguaje.
Era doctor en Ciencias y esperaba que se declarase vacante una cátedra de Madrid para hacer oposiciones á ella. La condesa de Alberca le tenía bajo su alta protección, hablando con entusiasma de Monteverde á todos los señores graves que ejercían influencia en la vida universitaria. Prorrumpía en los más desaforados elogios del doctor en presencia de Renovales. Era un sabio, y á ella la entusiasmaba que toda su sabiduría no le privase de vestir con refinada elegancia y ser hermoso como un ángel.
—Para dentadura bonita la de Monteverde—decía mirándolo en plena tertulia al través de sus impertinentes.