—Vengo furiosa... un disgusto de muerte. No pensaba venir; no me acordaba de usted; palabra. Pero al salir de casa del presidente pensé en el maestro. Tenía la seguridad de encontrarle aquí y he venido para que se me quite el mal humor.
Al través del velo vió Renovales sus ojos, que brillaban con cierta hostilidad, su linda boca contraída en las comisuras por un pliegue rabioso.
Hablaba con rapidez, deseosa de echar fuera la cólera que hinchaba su pecho, sin fijarse en lo que la rodeaba, como si se hallase en su salón, donde todo le era familiar.
Había ido á ver al presidente para recomendarle su asunto; un deseo del conde, de cuya realización pendía su felicidad. El pobre Paco (era su marido) soñaba con el Toisón de Oro. Sólo esto le faltaba para coronar la torre de cruces, llaves y bandas que iba elevando en torno de su persona, desde la barriga al cuello, no dejando un milímetro de su tronco sin este revestimiento glorioso. ¡El Toisón de Oro y luego morir!... ¿Por qué no habían de dar gusto á Paco, un hombre tan bueno, incapaz de hacer daño á una mosca? ¿Qué les costaba concederle este juguete, haciéndole feliz?...
—Ya no hay amigos, Mariano—decía la condesa con amargura.—Ese presidente es un tonto que olvida á sus antiguas amistades al verse jefe del gobierno. ¡Yo, que le he conocido suspirando cerca de mí como un tenor de zarzuela, haciéndome el amor (sí, á usted se lo digo) y queriendo matarse al ver que le despreciaba por cursi y por tonto!... Esta tarde, lo de siempre; mucho cogerme la mano, mucho de poner los ojos en blanco, «querida Concha», «hermosa Concha» y otras frases de merengue: lo mismo que cuando canta en el Congreso como un canario viejo. Total, que no puede ser lo del Toisón; que él lo siente mucho, pero en Palacio no quieren.
Y la condesa, como si viese por vez primera el lugar en que estaba, dirigió sus ojos iracundos á las obscuras lomas de la Casa de Campo, donde seguían sonando disparos.
—¡Después dicen si una piensa de este modo ó del otro! Yo soy anarquista, ¿me oye usted, Mariano? Cada vez me siento más revolucionaria. No se ría usted, que no es cosa de broma. El pobre Paco, que es un cordero de Dios, se asusta al oirme. «Mujer, piensa en lo que somos. Debemos estar bien con la casa grande.» Pero yo me sublevo; conozco el personal: un atajo de indecentes. ¿Por qué no ha de tener mi Paco el Toisón, si el pobrecito lo necesita? Crea usted, maestro, que me da rabia este país tan cobarde y tan mansurrón. Debía repetirse aquí el 93 de Francia. Si yo fuese sola, sin todas esas zarandajas del nombre y la posición, haría hoy algo sonado. Echaría una bomba... Una bomba, no; cogería un revólver y...
—¡Fuego!—dijo el pintor con voz enérgica al mismo tiempo que rompía á reir.
Concha se hizo atrás con un gesto de enfado.
—Nada de bromas, maestro. ¡Mire usted que me voy! ¡Mire usted que le pego!... Esto es más serio de lo que usted cree. ¡Para bromitas está la tarde!