Pero desmintiendo con su carácter variable la gravedad que pretendía dar á sus palabras, la condesa sonrió levemente, como si le acariciase un buen recuerdo.

—No todo han sido fracasos—dijo tras una larga pausa.—Yo no me voy con las manos vacías. El presidente, que no me quiere tener por enemiga, me ha ofrecido una compensación, ya que lo del borrego es imposible. Un acta de diputado en la primera elección parcial que se anuncie.

Los ojos de Renovales abriéronse con asombro.

—¿Y para qué quiere usted eso, criatura? ¿Á quién va á dársela?

—¡Á quién!—remedó Concha con grotesca expresión de asombro.—¡Á quién! ¡Á quién ha de ser, grandísimo tonto!... No va á ser á usted, que no entiende de esto ni de nada, aparte de sus pinceles... Es para Monteverde, para el doctor, que hará grandes cosas.

La carcajada sonora del artista retumbó en el silencio de la plazoleta.

—¡Darwin diputado de la mayoría! ¡Darwin diciendo sí y no!...

Y tras estas exclamaciones continuó sus risotadas de cómico asombro.

—Ríase usted, feo; abra más esa bocaza; mueva sus barbas de apóstol. ¡Qué gracioso está usted! ¿Y qué tiene eso de particular?... Pero no se ría usted más. ¡Mire usted que me pone nerviosa! ¡Mire usted que me voy si continúa así!...

Quedaron silenciosos largo rato. La condesa no tardó en olvidar sus preocupaciones con la movilidad y la ligereza que obtenía toda impresión en su cerebro de pájaro. Miró en torno de ella con ojos desdeñosos, deseando mortificar al pintor. ¿Y era aquello lo que tanto entusiasmaba á Renovales? ¿No había más?...