—¿Siempre igual?—preguntó con voz débil.—¿No hay un poco de caridad?
La condesa prorrumpió en una carcajada sonora.
—Ya salió; me lo esperaba; por eso me resistía á venir. En el carruaje me he dicho varias veces: «Hija mía, haces mal en ir á la Moncloa; te vas á aburrir; te espera la declaración número mil.»
Luego adoptó un tono de cómica indignación.
—Pero maestro, ¿es que no puede hablarse con usted de otra cosa? ¿Es que las mujeres estamos condenadas á no poder tratar á un hombre sin que se crea obligado á lanzarnos una declaración?
Renovales protestó. Podía decir esto á cualquier otro, á él no, pues estaba enamorado. Lo juraba; se lo diría de rodillas para que lo creyese; ¡enamorado como un loco! Pero ella le remedaba grotescamente, llevándose una mano al pecho y riendo de un modo cruel.
—Sí; conozco la canción; es inútil que la repita; me la sé de memoria. «Un volcán en el pecho... imposible vivir... Si no me amas me mato...» Lo mismo dicen todos; no he visto una falta mayor de originalidad... Maestro, ¡por Dios! no se ponga usted cursi. ¡Un hombre como usted diciendo esas cosas!...
Renovales quedó aturdido por este remedo burlón. Pero Concha, como si se apiadara de él, se apresuró á añadir en tono cariñoso:
—¿Qué necesidad tiene usted de enamorarme? ¿Se imagina usted que le apreciaré menos si prescinde de esa obligación que creen tener todos los hombres que me rodean?... Yo le quiero á usted, maestro; necesito verle; sentiría mucho que riñésemos. Le quiero como á un amigo; el mejor de todos, el primero. Le quiero porque es usted bueno; un niño grandote; un bebé barbudo que no sabe ni pizca así del mundo, pero tiene mucho talento, ¡mucho!... Tenía ganas de que nos viésemos á solas un buen rato para hablarle con toda libertad, para decirle esto. Le quiero como no quiero á nadie. Siento al lado de usted una confianza como ninguno me la inspira. Buenos amigos; hermanos, si usted quiere... ¡Pero no ponga usted esa carátula triste! ¡Alégrese un poco! ¡Suelte esa carcajada que me alegra el alma, ilustre maestro!
Pero el maestro permanecía hosco, mirando al suelo, enredando con cierta furia los dedos de su diestra en la maraña de sus barbas.