—Todo eso son mentiras, Concha—dijo rudamente.—La verdad es que usted está enamorada; que la tiene loca ese trasto de Monteverde.

La condesa sonrió como si la halagase la brusquedad de estas palabras.

—Pues bien; sí, Mariano. Nos queremos; yo creo amarle como no he amado á ningún hombre. Á nadie se lo he dicho: usted es el primero que lo oye de mí, porque es usted mi amigo, porque con usted no sé lo que me pasa, que se lo digo todo. Nos queremos; mejor dicho, soy yo la que le quiere mucho más que él á mí. Hay en mi amor algo de agradecimiento. Yo no me forjo ilusiones, Mariano. ¡Treinta y seis años! Sólo á usted me atrevo á confesar la edad. Todavía estoy presentable; me defiendo bien; pero él es mucho más joven. Unos años más, y casi podría ser su madre...

Calló un momento, como asustada por esta diferencia de edad entre su amante y ella, pero luego añadió con repentina confianza:

—Él también me quiere, lo reconozco. Soy para él la consejera, la inspiradora; dice que conmigo se siente con nuevas fuerzas para el trabajo; que será un grande hombre, gracias á mí. Pero yo le quiero más, mucho más; hay una desigualdad en nuestro cariño casi tan grande como en nuestras edades.

—¿Y por qué no me ama usted á mí?—dijo el maestro con voz lacrimosa.—Yo la adoro; se trocarían los papeles. Sería yo quien la rodease de una idolatría eterna, y usted se dejaría adorar, se dejaría acariciar como un ídolo, viéndome con la frente junto á sus pies.

Concha rió de nuevo, remedando grotescamente la voz sorda, el ademán apasionado y los ojos vehementes del artista.

—«¿Y por qué no me ama usted?...» ¡Maestro, no sea usted niño! Esas cosas no se preguntan; en el amor no se manda. No le quiero como usted desea, porque no puede ser. Conténtese con ser el primero de mis amigos. Sepa que me permito con usted confianzas que tal vez no tengo con Monteverde. Sí; le digo á usted cosas que nunca le diré á él...

—¡Pero lo otro!—exclamó el pintor con rabia.—Lo que yo necesito; su cuerpo, del que siento hambre; su hermosura; el verdadero amor...

—Maestro, conténgase—dijo ella con afectada pudibundez.—¡Que le conozco! ¡Que va usted á soltar esas indecencias que se le ocurren siempre que desnuda con los ojos á una mujer!... ¡Que me voy por no oirle!...