Luego añadió con una gravedad maternal, como si quisiera corregir al vehemente maestro:
—Yo soy menos loca de lo que creen. Pienso prudentemente en las consecuencias de mis actos... Mariano, mírese usted bien, fíjese en lo que le rodea. Una mujer; una hija que el mejor día se le casa; la perspectiva próxima de ser abuelo. ¡Y aun piensa usted en locuras! Yo no podría acceder á lo que usted me propone, aunque le amase... ¡Qué horror! ¡Engañar á Josefina, mi amiga del colegio! La pobrecita, tan dulce, tan buena... siempre enferma. No, Mariano; nunca. Sólo se pueden arrostrar esos compromisos cuando el hombre es libre. Yo no me sentiría con fuerzas para amarle á usted. Amigos, nada más que amigos...
—Pues no lo seremos—exclamó Renovales con impetuosidad.—Me alejaré para siempre de su casa; no la veré á usted más; haré lo imposible por olvidarla. Es un suplicio insufrible. Viviré más tranquilo no viéndola.
—No se irá usted—dijo Concha dulcemente, con la seguridad de su fuerza.—Se quedará á mi lado como siempre, si es que me quiere, y yo tendré en usted el mejor de los amigos... No sea usted criatura, maestro; verá usted como nuestra amistad es algo dulce que no comprende ahora. Tendré para usted lo que no conocen los demás: intimidad, confianza.
Y al decir esto ponía en el brazo del pintor una de sus manecitas, se apoyaba con cierto abandono, fijando en sus ojos unas pupilas en las que lucía algo enigmático y misterioso.
El sonido de una bocina llegó hasta ellos: un rumor de velocidad rasgaba el aire con sordo voltear de ruedas. Pasó por abajo un automóvil á toda marcha, siguiendo la carretera. Renovales intentó reconocer á los muñequillos que montaban este vehículo, empequeñecido como un juguete por la distancia. Tal vez fuese López de Sosa el que guiaba y su mujer y su hija aquellas dos figurillas, envueltas en velos, que ocupaban los asientos.
La posibilidad de que Josefina pasase por el fondo del paisaje sin verle, sin advertir que él estaba allí, olvidado de todo, enamorado y suplicante, le paralizó, con la emoción del remordimiento.
Permanecieron mucho rato inmóviles, silenciosos, apoyados en la baranda de troncos, mirando al través de la columnata de árboles el sol brillante, de un rojo de cereza, que descendía inflamando el horizonte con resplandores de incendio. Las nubes plomizas, viéndolo próximo á morir, le acometían con traidora voracidad.
Concha contemplaba la puesta del sol con el interés que ofrece un espectáculo visto muy de tarde en tarde.
—Mire usted, maestro, aquella nube enorme. ¡Qué negra! Parece un dragón... No; es un hipopótamo; fíjese en sus patas redondas como torres. ¡Cómo trota! Se va á comer el sol. ¡Que se lo come!... ¡Ya se lo tragó!