Se ensombrecía el paisaje. El sol había desaparecido en el interior de aquel monstruo que llenaba el horizonte. Su lomo ondulado erizábase de plata, y como si no pudiera contener el ardoroso astro, estallaba su vientre, dejando caer una lluvia de pálidos rayos. Después, abrasado por esta digestión, desvanecíase en humo, rasgábase en negras vedijas, y otra vez aparecía el rojo disco, bañando de oro cielos y tierra, poblando de inquietos peces de fuego el agua de los estanques.

Renovales, apoyado en la baranda, con un codo junto á la condesa, aspiraba el perfume de ésta, sintiendo el cálido contacto y las durezas salientes de un lado de su cuerpo.

—Volvamos, maestro—dijo ella con cierta inquietud.—Siento frío... Además, con un acompañante como usted, es imposible permanecer tranquila.

Y apresuraba el paso, adivinando con su experiencia de los hombres el peligro de permanecer en la soledad al lado de Renovales. Presagiaba en su rostro pálido y emocionado una próxima audacia, el avance brutal é impetuoso.

En la plazoleta del Caño Gordo se cruzaron con una pareja que descendía lentamente, muy pegados los dos, no atreviéndose á enlazar sus brazos todavía, pero dispuestos á cogerse del talle apenas desaparecieran en el próximo sendero. El joven llevaba la capa bajo el brazo, con la arrogancia de un galán de comedia antigua; ella, pequeñita y pálida, sin otra belleza que la de la juventud, se arrebujaba en un pobre mantón y caminaba con los ojos cándidos puestos en los de su compañero.

—Algún estudiante con su modista—dijo Renovales al dejarlos á su espalda.—Éstos son más felices que nosotros, Concha: su paseo será más dulce.

—Nos hacemos viejos, maestro—dijo ella con una entonación de falsa tristeza, excluyéndose de la vejez, cargando todo el peso de la edad sobre su acompañante.

Renovales se revolvió con los últimos ardores de su protesta.

—¿Y por qué no he de ser yo tan feliz como ese chico? ¿No tengo derecho á ello?... Concha, usted no sabe quien soy; usted lo olvida, acostumbrada como está á tratarme como un chiquillo. Soy Renovales el pintor, el célebre maestro: me conocen en todo el mundo.

Y hablaba de su gloria con brutal inmodestia, irritado cada vez más por la frialdad de aquella mujer; exhibiendo su renombre como un manto de luz, que debía cegar á las hembras haciéndolas caer á sus pies. ¿Y un hombre como él tenía que verse pospuesto por aquel doctorcillo ridículo?...