La condesa sonreía con expresión de lástima. Sus ojos mostraban también cierta conmiseración. ¡Tonto! ¡Niño! ¡Qué simplezas tenían los hombres de talento!

—Sí; usted es grande, maestro. Por eso me enorgullezco con su amistad. Hasta reconozco que me da cierta importancia... Le quiero; siento por usted admiración.

—Admiración no, Concha: ¡amor!... ¡Ser uno de otro!... Amor completo...

Ella seguía riendo.

—¡Ay, hijo! ¡Amor!...

Sus ojos parecían hablarle irónicamente. No conocía á las mujeres. El amor no distingue de talentos; es un ignorante y por eso se vanagloria de su ceguera. Sólo percibe el aroma de la juventud, de la vida en flor.

—Seremos amigos, Mariano: amigos nada más. Usted se acostumbrará encontrando dulce nuestro afecto... No sea usted material; parece imposible que sea usted un artista. Idealismo, maestro; mucho idealismo.

Y siguió hablándole desde lo alto de su conmiseración, hasta que se separaron cerca del sitio donde la esperaba el coche.

—Amigos, Mariano. Nada más que amigos... pero de veras.

Al alejarse Concha, anduvo Renovales en la penumbra del crepúsculo, hasta salir de la Moncloa, gesticulando y cerrando los puños. Viéndose solo volvía á renacer su cólera é insultaba mentalmente á la condesa, libre ya de la supeditación amorosa que sufría en su presencia. ¡Cómo se divertía con él! ¡Cómo reirían sus enemigos al verle sometido y sin voluntad, en manos de aquella mujer que había sido de tantos! El orgullo le hacía insistir en su deseo de conquistarla, fuese como fuese, aun á costa de humillaciones y brutalidades. Era un empeño de honor hacerla suya, aunque sólo fuese por una vez, y luego vengarse repeliéndola, arrojándola á sus plantas, diciendo con gesto de soberano: «Esto hago yo con los que se me resisten.»