Pero luego se dió cuenta de su debilidad. Siempre sería vencido por aquella hembra que le miraba fríamente, que era incapaz de perder su calma y le consideraba como un ser inferior. El desaliento le hizo pensar en su casa, en la enferma, en los deberes que le ligaban á ella, y sintió la amarga voluptuosidad del que se sacrifica, cargando con su cruz.
Estaba decidido. Huiría de aquella mujer. No la vería más.
III
Y no la vió; no la vió en dos días. Pero al tercero llegó á sus manos una cartita azul, de sobre prolongado, saturada de un fuerte perfume que tenia la virtud de estremecerle.
La condesa se quejaba de su ausencia con cariñosos lamentos. Necesitaba verle, tenía que decirle muchas cosas. Una verdadera carta de amor, que el artista se apresuró á ocultar, temiendo que su lectura hiciera suponer lo que no era cierto aún.
Renovales se mostró indignado.
—Iré á verla—se dijo, paseando por el estudio;—pero será para decirla cuatro frescas, para acabar de una vez. Si cree que va á jugar conmigo, se equivoca; no sabe que yo, cuando quiero, soy de piedra.
¡Pobre maestro! Mientras en un extremo de su pensamiento formulaba sus fieros propósitos de hombre de piedra, en el otro, una voz dulce cantaba con el arrullo de la ilusión:
—Ve pronto; aprovecha el tiempo. Tal vez se ha arrepentido. Te espera: va á ser tuya.
Y el artista corrió ansioso á casa de la condesa. Nada. Se quejó de su ausencia con una tristeza mimosa. ¡Ella que le quería tanto!... Necesitaba verle; no podía permanecer tranquila creyendo que le guardaba enojo por lo de la otra tarde. Y pasaron cerca de dos horas en el gabinete que la servia de despacho, hasta que al caer la tarde comenzaron á llegar los graves amigos de la condesa, su tertulia de mudos adoradores, presentándose el último Monteverde, con la calma del que no teme peligro alguno.