El pintor salió de aquella casa sin otra novedad que dos besos en una mano de la condesa. La caricia protocolaria, y nada más. Cada vez que intentaba ir más allá, remontándose á lo largo del brazo, la hermosa señora le contenía con un gesto imperioso.

—¡Que me enfado, maestro, y no le recibo más á solas!... ¡Que falta usted á lo convenido!

Renovales protestaba. Nada habían convenido, pero Concha lograba calmarle instantáneamente preguntando por Milita, haciendo elogios de su hermosura, pidiendo noticias de la pobre Josefina, tan buena, tan simpática, interesándose por su salud y anunciando una próxima visita. Y el maestro quedaba cohibido, atormentado por el remordimiento, no atreviéndose á nuevos avances, hasta que se desvanecía la penosa impresión.

Volvió Renovales á casa de la condesa, como siempre. Sentía la necesidad de verla; se había acostumbrado á los vehementes elogios que aquella boca hacía de sus méritos de artista.

Algunas veces despertaba su carácter impetuoso de otros tiempos, y sentía el deseo de desprenderse de esta cadena vergonzosa. Aquella mujer le tenía como embrujado: llamábale para nada; parecía gozarse con hacerle sufrir; le necesitaba como un juguete. Con un cinismo tranquilo hablaba de Monteverde y de sus amores, lo mismo que si el doctor fuese su esposo. Necesitaba confiar á alguien los incidentes de su vida oculta, con esa franqueza imperiosa que arrastra los delincuentes á la confesión. Poco á poco iniciaba al maestro en sus secretos pasionales, relatando sin rubor los incidentes más íntimos de aquellos encuentros, que muchas veces eran en la propia casa. Abusaban de la ceguera del conde, el cual parecía como atontado por su fracaso del Toisón: gozaban un deleite malsano con la zozobra de ser sorprendidos.

—Á usted se lo digo todo, Mariano. No sé lo que me ocurre con usted. Le quiero como á un hermano. Un hermano, no... más bien, una amiga; una amiga de confianza.

Al verse solo Renovales abominaba de la franqueza de Concha. Era lo que la gente creía; muy simpática, muy bonita, pero sin ningún escrúpulo moral. En cuanto á él, insultábase en el bizarro lenguaje de sus tiempos de bohemio, comparándose con todos los animales cornudos que podía recordar.

—No vuelvo más. Es una vergüenza. ¡Bonito papel estás haciendo, maestro!

Pero apenas se mantenía ausente dos días, presentábase Mary, la doncella francesa de la de Alberca, con la cartita perfumada, ó llegaba ésta por el correo interior, destacándose subversiva, escandalosa, entre los otros sobres de la correspondencia del maestro.

—¡Esa mujer!—exclamaba Renovales apresurándose á ocultar el llamativo billete.—¡Qué falta de prudencia!... El mejor día va á fijarse Josefina en estas cartitas.