Cotoner, en su ciega admiración al ídolo que consideraba irresistible, imaginábase á la de Alberca loca de amor tras el maestro, y movía la cabeza tristemente.

—Esto acabará mal, Mariano. Debes romper con esa señora. ¡La paz del hogar! Te esperan muchos disgustos.

Las cartas siempre eran iguales. Interminables lamentaciones por sus cortas ausencias. «Cher maître, no he podido dormir esta noche pensando en usted...» y acababa firmando «su admiradora y buena amiga Coquillerosse», un nombre de guerra que había adoptado para su correspondencia con el artista.

Le escribía desordenadamente, á horas extrañas, siguiendo los impulsos de su imaginación y sus nervios en perpetua anormalidad. Unas veces fechaba sus cartas á las tres de la madrugada: no podía dormir, saltaba del lecho, y para entretener su insomnio llenaba cuatro pliegos de su menuda letra, dirigidos al buen amigo, con una facilidad de pluma desesperante, hablándole del conde, de lo que decían sus amigas, comunicándole las últimas murmuraciones que circulaban contra los de «la casa grande», lamentándose de las frialdades de su doctor. En otras ocasiones eran cuatro lineas lacónicas, desesperadas; un llamamiento angustioso. «Venga usted en seguida, querido Mariano. Un asunto urgentísimo.»

Y el maestro, abandonando sus trabajos, corría á primera hora á casa de la condesa, recibiéndole ésta en la cama, en su dormitorio cargado de perfumes, donde no había entrado en muchos años el hombre de las condecoraciones.

Llegaba ansioso el pintor, inquieto por la posibilidad de terribles acontecimientos, y Concha, agitándose entre las bordadas sábanas, recogiéndose los dorados mechones que se escapaban de las blondas de su gorra, hablaba y hablaba con la incoherencia de un canto de pájaro, como si el silencio nocturno produjese en ella una indigestión de palabras. Se le habían ocurrido grandes ideas: había pensado durante el sueño una teoría científica completamente original, que haría las delicias de Monteverde. Y gravemente se la explicaba al maestro, el cual movía su cabeza sin entender una palabra, pensando que era un dolor ver una boca tan hermosa empleada en soltar tantas necedades.

Otras veces le hablaba del discurso que estaba preparando para cierto festival de la Asociación Feminista, la obra magna de su presidencia: y sacando de entre las sábanas sus brazos ebúrneos, con una tranquilidad que trastornaba á Renovales, cogía de la vecina mesa unos pliegos garrapateados con lápiz, pidiendo al buen amigo que le dijese quién era el pintor más grande del mundo, pues había dejado un claro para llenarlo con este nombre.

Después de una hora de charla incesante, mientras el artista la devoraba en silencio con los ojos, llegaba por fin al asunto urgente, al llamamiento desesperado que había hecho abandonar sus trabajos al maestro. Eran siempre motivos de vida ó muerte; compromisos, en los que iba su honor. Unas veces que pintase cualquier cosita en el abanico de una señora extranjera deseosa de llevarse de España algo del gran maestro. Se lo había pedido la interesada en una soirée diplomática la noche antes, por conocer su amistad con Renovales. En otras ocasiones le llamaba para pedirle una manchita, un apunte, cualquier cosa de las que rodaban por los rincones de su estudio, para una tómbola benéfica de la Asociación á beneficio de las pobres que habían perdido su virtud, y á las cuales la condesa y sus amigas mostraban empeño en redimir.

—No ponga usted esa cara, maestro; no sea usted tacaño. Son los inconvenientes de la amistad. Todos creen que yo tengo gran poder sobre el ilustre artista, y me piden, y me ponen en cien compromisos... No le conocen; no saben lo perverso, lo rebelde que es usted, ¡mala persona!

Y se dejaba besar la mano sonriendo con cierta lástima. Pero al sentir el cálido contacto de su boca y el cosquilleo de su barba en la blanca carnosidad del brazo, se agitaba, defendiéndose entre risas y estremecimientos.