—Déjeme usted, Mariano. ¡Que grito! ¡Que llamo á Mary! Ya no le recibo más en mi dormitorio. Es usted indigno de confianza... ¡Quietecito, maestro, ó se lo cuento todo á Josefina!

Algunas veces, al acudir Renovales alarmado por sus llamamientos, la encontraba pálida, con círculos amoratados en los ojos, como si hubiese pasado la noche llorando. Al ver al maestro volvían á saltar sus lágrimas. Eran disgustos de amor, honda pena por la frialdad de Monteverde. Pasaba días enteros sin verla; rehuía los encuentros con ella. ¡Ay, los sabios! Hasta había llegado á decirla que las mujeres son un estorbo para los estudios serios. ¡Y ella loca por él, sumisa como una sierva, aguantando las genialidades del señor, adorándole con ese apasionamiento fogoso de la mujer que es más vieja que su amante y se da cuenta de su inferioridad!

—¡Ay, Renovales! No se enamore usted nunca; es un infierno. No sabe usted la felicidad que goza no conociendo estas cosas.

Pero el maestro, insensible á sus lágrimas, enfurecido por estas confidencias, paseaba gesticulando, lo mismo que si estuviera en su estudio, y hablaba á la condesa con brutal confianza, como á una hembra que ha revelado todos sus secretos y debilidades. ¡Tapones! ¿Y qué le importaba á él todo eso? ¿Para oir tales cosas le había llamado?... Ella se lamentaba con suspiros infantiles desde el fondo de su lecho. Estaba sola en el mundo; era muy desgraciada. No tenía más amigo que el maestro; era su padre, su hermano; ¿á quién si no á él iba á relatar sus penas? Y animándose con el silencio del pintor, el cual acababa por conmoverse ante sus lágrimas, cobraba audacia y formulaba sus deseos. Debía ver á Monteverde, soltarle un buen sermón, hablarle al alma para que fuese bueno y no la hiciese sufrir. Él le respetaba mucho; era uno de sus más grandes admiradores: tenía ella la certeza de que bastarían cuatro palabras del maestro para que volviese como un cordero. Debía hacerle ver que no estaba sola; que tenía quien la defendiese; que nadie podía burlarse de ella impunemente.

Pero antes de que terminase sus ruegos, andaba el pintor en torno del lecho, los brazos en alto, echando ternos con la vehemencia de su exaltación.

—¡Tapones! ¡Esto me faltaba! El mejor día me pedirá usted que le cepille las botas. ¿Pero está usted loca, criatura? ¿Qué se ha figurado usted? Para... sufridos ya tiene usted bastante con el conde. Déjeme tranquilo.

Pero ella se arrebujaba en la cama llorando con ruidoso desconsuelo. ¡Ya no quedaban amigos! El maestro era como los otros: en no plegarse á sus deseos se acababa la amistad. Todo palabras, juramentos, y después, ni el más pequeño sacrificio.

Se incorporaba de pronto, mostrando entre las blondas misteriosas blancuras, ceñuda, irritada, con una frialdad de reina ofendida. Ya le había conocido; se había engañado contando con él. Y como Renovales, confuso por este enfado, intentase excusarse, ella le atajaba con arrogancia.

—¿Quiere usted ó no quiero? Á la una... á las dos...

Sí; haría lo que ella quisiera; veíase tan bajo, que ya no le importaba rodar un poco más. Sermonearía al doctor, echándole en cara su torpeza al despreciar tanta felicidad. (Esto lo decía él con toda su alma, poniendo en su voz temblores de envidia.) ¿Qué más deseaba su hermosa déspota? Podía pedir sin miedo. Si era necesario, retaría al conde á singular combate con todas sus condecoraciones y lo mataría para que ella quedase libre y pudiera juntarse con el doctorcillo.