—¡Guasón!—exclamaba Concha, sonriente por su triunfo.—Es usted simpático como nadie, pero muy malo. Acérquese usted, mala persona.
Y levantando con la manecita un mechón de su cabellera de sauce, le besó en la frente, riendo del estremecimiento que su caricia despertaba en el pintor. Éste sintió que le temblaban las piernas; después, sus brazos intentaron estrechar aquel cuerpo tibio, perfumado, que parecía escurrirse dentro de sus finas envolturas.
—¡Que ha sido en la frente!—gritó Concha en son de protesta.—¡Caricia de hermanos, Mariano! ¡Quieto!... ¡Que me hace daño!... ¡Que llamo!
Y llamó, reconociendo de pronto su debilidad, viéndose próxima á caer vencida bajo el apretón loco y dominador. Sonó el estremecimiento eléctrico en las profundidades tortuosas de pasillos y gabinetes y se abrió la puerta, entrando Mary vestida de negro, con alto delantal y rizado gorro, discreta y silenciosa. Su carita pálida y sonriente estaba acostumbrada á verlo todo, á adivinarlo todo, sin que se reflejase en ella la más leve impresión.
La condesa tendió su mano á Renovales con afectuosa tranquilidad, como si la entrada de la doncella interrumpiese su despedida. Lamentaba que se marchase tan pronto: á la noche le vería en el Real.
Cuando el pintor aspiró el viento de la calle y se codeó con la gente, creyó despertar de una pesadilla. Tenía asco de sí mismo. «Te luces, maestro.» Su debilidad, que le hacía plegarse á todas las exigencias de la condesa, su vil aceptación á servir de intermediario entre ella y el amante, le daban ahora náuseas. Pero aun sentía en la frente el roce del beso; aun percibía aquel ambiente del dormitorio cargado de la nocturna transpiración de carne perfumada. El optimismo se apoderó de su pensamiento. No marchaba mal el asunto; aquel camino, aunque desagradable, le llevaría á la realización de su deseo.
Muchas noches Renovales iba al teatro Real, por obedecer á Concha, que deseaba verle, y pasaba actos enteros en el fondo de su palco, conversando con ella. Milita reía de este cambio en las costumbres de su padre, que se acostaba temprano en otros tiempos, para trabajar de buena mañana. Era ella la que, encargada de las cosas de la casa, por la eterna enfermedad de mamá, ayudaba al maestro á ponerse el frac, y además le peinaba, arreglándole el lazo de la corbata entre mimos y risas.
—Papaíto, te desconozco: estás hecho un calaverón. ¿Cuándo me llevas contigo?...
Él se excusaba gravemente. Eran deberes de la profesión; á los artistas les conviene hacer vida de sociedad. En cuanto á llevarla con él... otro día. Por ahora necesitaba ir solo; tenía que hablar con mucha gente en el teatro.
Otra modificación se verificó en él, provocando los regocijados comentarios de Milita. Papá se rejuvenecía.