Cada semana sus cabellos perdían en longitud, bajo irreverentes tijeretazos: su barba disminuía, hasta el punto de no quedar más que una ligera vegetación de aquel bosque enmarañado que le daba un aspecto feroz. No quería confundirse por su aspecto con los demás; debía conservar un poco de su exterior de artista, para que la gente no pasase junto al gran Renovales sin conocerle; pero procuraba, dentro de este deseo, aproximarse y mezclarse con la juventud bien vestida y elegante que rodeaba á la condesa.

Esta transformación tampoco pasó inadvertida para otros. Los alumnos de Bellas Artes se lo mostraban con el dedo desde el paraíso del Real, ó se detenían en las aceras al verle por la noche, con el brillante tubo de seda coronando la tonsurada melena y exhibiendo entre el abierto gabán el nítido peto de su uniforme de fiesta. La cándida admiración de los muchachos se imaginaba al gran maestro tronando ante un caballete, salvaje, feroz, intratable como Miguel Angel en el encierro de su estudio. Por esto, al verle bajo tan distinto aspecto, le seguían sus ojos con expresión de envidia. «¡Cómo se divierte el maestro!» Y se imaginaban á las grandes damas disputándoselo, creyendo de buena fe que ninguna podía resistir á un hombre que pintaba tan bien.

Los enemigos, los artistas consagrados que marchaban tras él, rugían en sus conversaciones. «¡Farsante, egoísta! No estaba satisfecho de ganar tanto dinero, y ahora hacía el gomoso entre la aristocracia, para coger más retratos, para sacar á su firma todo lo que pudiese.»

Cotoner, que se quedaba algunas noches en el hotel para hacer compañía á las señoras, le veía partir con triste sonrisa, moviendo la cabeza. «Mal: su Mariano se había casado demasiado pronto. Lo que no había hecho en su juventud, por la fiebre del trabajo y la gloria, lo hacía ahora, próximo á la vejez.» En muchas partes reían ya de él, adivinando su pasión por la de Alberca, aquel amor sin resultados prácticos, que le hacían convivir con ella y Monteverde, tomando aires de mediador bondadoso, de padre tolerante y bueno. El ilustre maestro, al despojarse de su carátula feroz, era un pobre hombre, del que se hablaba con lástima: le comparaban con Hércules, vestido de mujer é hilando á los pies de la bella seductora.

Había contraído con Monteverde una estrecha amistad, en fuerza de tropezarlo cerca de la condesa. Ya no le parecía tonto y antipático. Encontraba en él algo de su amante, y le era grata por esto su compañía. Experimentaba esa atracción plácida y sin celos que inspira á ciertos hombres el marido de su amante. Sentábanse juntos en los teatros, paseaban en amigable conversación, y el doctor iba muchas tardes al estudio del artista. Desconcertaban con esta intimidad á las gentes, que ya no sabían con certeza quién era el amo de la de Alberca y quién el aspirante, llegando á creer que por un mutuo acuerdo y turno pacífico, vivían los tres en el mejor de los mundos.

Monteverde admiraba al maestro, y éste, por sus años y la superioridad de su renombre, tomaba sobre él una autoridad paternal. Le reñía cuando la condesa se mostraba quejosa de él.

—¡Las mujeres!—decía el doctor con gesto de cansancio.—Usted no sabe lo que son, maestro; sólo sirven de estorbo, para obstruirle á uno su carrera. Usted ha triunfado porque no se dejó dominar por ellas, porque nadie le conoció nunca una querida, porque es usted un hombre admirable, un varón fuerte.

Y el pobre varón fuerte contemplaba fijamente á Monteverde, dudando si se burlaba. Sentía tentaciones de aporrearlo, viéndole despreciar lo mismo que ansiaba él con vehemente deseo.

Concha tenia con el maestro mayores intimidades. Le confesaba lo que nunca se había atrevido á decir al doctor.

—Á usted se lo digo todo, Marianito. No puedo vivir sin verle. ¿Sabe usted lo que pienso? Que el doctor es algo así como mi marido y usted es el amante de corazón... No se altere usted... no se mueva, ó llamo. He dicho de corazón. Le quiero á usted demasiado para pensar en esas groserías que usted desea.