Algunas veces Renovales la encontraba excitada, nerviosa, hablando con voz ronca, moviendo los finos dedos como si quisiera arañar al aire. Eran los días terribles que alteraban toda la casa. Mary corría, con su paso silencioso, de salón en salón, perseguida por el repiqueteo de los timbres; el conde se escurría hacia la calle como un colegial medroso. Concha se aburría, sentíase cansada de todo, abominaba de su existencia. Al presentarse el pintor, le faltaba poco para arrojarse en sus brazos:
—Sáqueme usted de aquí, Marianito; me aburro, me muero. Esta vida es para matarse. ¡Mi marido!... ese no se cuenta. ¡Mis amigas!... unas necias que me despellejan apenas las dejo. ¡El doctor!... un insubstancial, una veleta loca. Todos esos señores de mi tertulia, unos imbéciles. ¡Maestro, téngame lástima! Lléveme lejos de aquí. Usted debe conocer otro mundo; los artistas lo saben todo...
¡Ay, si ella no estuviera tan vista y al maestro no lo conociese todo Madrid! En su nerviosa excitación formulaba los más locos proyectos. Deseaba salir de noche del brazo de Renovales, ella con mantón y pañuelo á la cabeza, él con capa y sombrero gacho. Sería su chulo; ella imitaría el garbo y el taconeo de las mujeres de la calle, y marcharían juntitos, como dos palomos de la noche, á los sitios más malos; y beberían, armarían camorra, él la defendería como un valiente, é irían á pasar la noche en la prevención.
El pintor mostrábase escandalizado. ¡Qué locura! Pero ella insistía en sus deseos.
—Ríase usted, maestro; abra esa bocaza... feísimo. ¿Qué tiene de particular lo que digo? Usted, con todos sus pelos y chambergos de artista, es un burgués, un alma tranquila incapaz de nada original para distraerse.
Al acordarse de aquella pareja que habían visto una tarde en la Moncloa, mostrábase melancólica y sentimental. También le parecía bonito «hacer la griseta»; pasear del brazo del maestro, como si fuesen una modistilla y un empleadillo; acabar la excursión en un merendero; y él la mecería en el verde columpio, mientras ella gritaba de placer, subiendo y bajando, con las faldas arremolinadas en torno de sus pies... Esto no era ningún disparate, maestro. ¡Placer más sencillo... más bucólico!...
¡Lástima que los dos fuesen tan conocidos! Pero lo que sí harían, cuando menos, era disfrazarse una mañana y correr los barrios bajos; ir al Rastro, como una pareja recién unida que desea poner casa: el socio y la socia. En aquella parte de Madrid no los conocería nadie. ¿Conformes, maestro?...
Y el maestro lo aprobaba todo. Pero al día siguiente Concha le recibía con cierta turbación, mordiéndose los labios, hasta que por fin prorrumpía en carcajadas, recordando los disparates que le había propuesto.
—¡Cómo se reiría usted de mí!... Hay días en que estoy loca.
Renovales no ocultaba su asentimiento. Sí; estaba algo loca. Pero esta locura, que le hacía sufrir alternativas de esperanza y desesperación, atraíale más, con sus alegres disparates y sus pasajeros enfados, que aquella otra que le perseguía en su casa, lenta, implacable, silenciosa, apartándose de él con invencible repugnancia, pero siguiéndole á todos lados, con ojos de malsana luz siempre lagrimeantes, que tomaban la agudeza hostil del acero apenas iniciaba, por compasión ó remordimiento, la más leve intimidad.