¡Oh, la pesada é insufrible comedia! Ante su hija y los amigos tenían que hablarse, y él, apartando la mirada para no tropezar con sus ojos, colmábala de atenciones, la reñía dulcemente por su rebeldía á los consejos de los médicos. Al principio hablaban éstos de neurastenia: ahora era la diabetes la que aumentaba la debilidad de la enferma. El maestro lamentábase de la pasiva resistencia que oponía á todos los métodos curativos. Los seguía durante algunos días, para despreciarlos después con impasible obstinación. Ella estaba mejor que creían. Lo que ella tenía no lo curaban los médicos.

Por la noche, al penetrar en el dormitorio, un silencio de muerte caía sobre ellos; una muralla de plomo parecía elevarse entre sus cuerpos. Ya no tenían que mentir; se miraban frente á frente, con muda hostilidad. Su vida nocturna era un tormento; pero ninguno de los dos osaba modificar su existencia. Sus cuerpos no podían abandonar la cama común; encontraban en ella el molde de los años. La rutina de su voluntad les sujetaba á esta habitación y á su mobiliario, con el recuerdo de los tiempos felices de la juventud.

Renovales caía en el profundo sueño del hombre sano, fatigado por el trabajo. Sus últimos pensamientos eran para la condesa. La veía en esa penumbra brumosa que cubre la entrada de lo inconsciente; dormíase pensando en lo que podría decirla al otro día, soñaba conforme á su deseo, viéndola de pie sobre un pedestal, con toda la majestad de su desnudez, venciendo al mármol de las estatuas más famosas con la vida de su carne. Al despertar de pronto y extender sus brazos, tropezaba con el cuerpo de la compañera, pequeño, rígido, ardiente por el fuego de la calentura ó glacial con un frío de muerte. Adivinaba su insomnio. Pasaba la noche sin cerrar los ojos, pero no se movía, como si todo su vigor se concentrase en algo que contemplaba con fijeza hipnótica en la obscuridad. Parecía un cadáver. Era el obstáculo, el lastre de plomo, el fantasma que aterraba á la otra cuando en ciertos instantes de vacilación se inclinaba hacia él, próxima á caer... Y el terrible deseo, el pensamiento monstruoso, asomaba otra vez su horrorosa fealdad, anunciando que no había muerto, que sólo se había ocultado en la madriguera cerebral para surgir más cruel, más insolente.

—¿Por qué no?—argüía el despiadado demonio, esparciendo en su imaginación el polvillo de oro de las ilusiones.

Amor, gloria, alegría, una existencia nueva de artista; el rejuvenecimiento del doctor Fausto; todo podía esperarlo si la muerte piadosa venía á ayudarle, cortando la cadena que le emparejaba con la tristeza y la enfermedad.

Pero inmediatamente surgía la protesta del horror. Aunque vivía como un incrédulo, conservaba un alma religiosa, que en los momentos difíciles de su existencia le impulsaba á aclamarse á todos los poderes sobrehumanos y maravillosos, como si éstos tuvieran el deber ineludible de acudir en su auxilio. «Señor, quitadme este horrible pensamiento. Alejad la mala tentación. Que no muera; que viva, aunque yo perezca.»

Y al día siguiente, con la agitación del remordimiento, iba en busca de ciertos médicos, amigos suyos, para consultarles minuciosamente. Ponía en movimiento la casa, organizando la curación con arreglo á un vasto plan, distribuyendo las medicinas por horas. Después, tranquilo ya, volvía á su trabajo, á sus preocupaciones de artista, á sus anhelos de hombre, sin acordarse de sus propósitos, creyendo salvada definitivamente la vida de su mujer.

Ésta se presentó en su estudio una tarde después del almuerzo, y el pintor, al verla, sintió cierta inquietud. Hacía mucho tiempo que Josefina no entraba allí á las horas en que él trabajaba.

No quiso sentarse; se detuvo junto al caballete, hablando, sin mirar á su marido, con voz lenta y humilde. Á Renovales le daba miedo esta sencillez.

—Mariano, vengo á hablarte de la niña.