Quería casarla. Algún día había de ser, y cuanto antes mejor. Ella moriría pronto y deseaba salir del mundo con la tranquilidad de ver á su hija bien colocada.

Renovales creyó del caso protestar ruidosamente, con toda la vehemencia del que no está muy seguro de lo que dice. ¡Tapones! ¡Morirse! ¿Y por qué había de morir? ¡Ahora que estaba mejor que nunca! Lo único que le faltaba era atender las indicaciones de los médicos.

—Moriré pronto—repitió fríamente.—Moriré y tú quedarás tranquilo. Bien lo sabes.

El pintor quiso protestar con mayores aspavientos de indignación, pero sus ojos se encontraron con la mirada fría de su mujer. Entonces se limitó á levantar los hombros con ademán resignado. No quería discutir; necesitaba conservarse tranquilo. Tenía que pintar; había de salir, como todas las tardes, para asuntos importantísimos.

—Está bien; continúa. Milita se casa, ¿y con quién?...

Por el deseo de mantener su autoridad, de mostrar cierta iniciativa y por su antiguo afecto al discípulo, se apresuró á hablar de éste. ¿Era Soldevilla el candidato? Un buen muchacho y de porvenir. Adoraba á Milita; había que ver la tristeza del pobrecillo cuando ésta le trataba mal. Haría un excelente marido.

Josefina cortó esta charla del esposo con voz fría y tajante:

—No quiero pintores para mi hija; bien lo sabes. Bastante hay con lo de su madre.

Milita se casaría con López de Sosa. Era cosa aceptada por ella. El muchacho la había hablado, y seguro de su aprobación, dirigiría su demanda al padre.

—¿Pero ella le quiere? ¿Tú crees, Josefina, que estas cosas pueden arreglarse á tu gusto?