—Si le quiere; está conforme y desea casarse. Además, es hija tuya; lo mismo aceptaría al otro. Lo que ella desea es libertad, verse lejos de su madre, no vivir en la tristeza de mis enfermedades... Ella no lo dice, no sabe siquiera que lo piensa, pero yo lo adivino.

Y como si al hablar de su hija no pudiera mantener la frialdad que tenía con el marido, se llevó una mano á los ojos, recogiendo las silenciosas lágrimas.

Renovales apeló á la brusquedad para salir del paso. Todo eran locuras, invenciones de su cabeza enferma. Debía pensar en curarse y no en otra cosa. ¡Á qué estas lágrimas! ¿Quería casar á su hija con aquel señorito de los automóviles? Pues á ello. ¿No quería? Pues que la chica se quedase en casa.

Ella mandaba; nadie la ponía obstáculos. ¡Que se celebrara la boda cuanto antes! Él era un cero y no había por qué consultarle. Pero tranquilidad, ¡tapones!... Tenía que trabajar; tenía que salir. Y cuando vió que Josefina abandonaba el estudio para llorar libremente en otro sitio, dió un bafido de satisfacción, contento de salir tán bien librado de esta escena difícil.

Le parecía bien López de Sosa. ¡Excelente muchacho!... Y lo mismo cualquier otro. Él no disponía de tiempo para fijarse en tales cosas. Sus preocupaciones eran distintas.

Aceptó al futuro yerno, y muchas noches se quedó en casa para dar cierto aire patriarcal á las veladas de familia. Milita y su prometido hablaban en un extremo del salón. Cotoner, en plena beatitud digestiva, se esforzaba por arrancar con sus palabras una pálida sonrisa á la señora del maestro, que permanecía en un rincón, trémula de frío. Renovales, en traje de casa, leía los periódicos, acariciado por ese ambiente dulce de hogar tranquilo. ¡Si le viese la condesa!...

Una noche sonó en el salón el nombre de la de Alberca. Repasaba Milita de memoria, con avidez juvenil, la lista de las amigas de la casa, grandes señoras que no dejarían pasar su próximo matrimonio sin un regalo magnifico.

—Concha no viene—dijo la joven.—Hace mucho tiempo que no la vemos por aquí.

Hubo un silencio penoso, como si el nombre de la condesa enfriase la atmósfera. Cotoner canturreó entre dientes, fingiéndose distraído: López de Sosa buscó un cuaderno de música sobre el piano, hablando de él para desviar la conversación. También éste parecía enterado.

—No viene porque no debe venir—dijo Josefina desde su rincón.—Ya procura tu padre verla todos los días para que no nos olvide.