Renovales levantó la cabeza con expresión de protesta, como si le despertasen de un plácido sueño. Los ojos de Josefina estaban fijos en él, pero sin cólera, burlones y crueles. Reflejaban el mismo desprecio con que le había herido en aquella noche triste. Ya no dijo más, pero el maestro leía en aquellos ojos:

«Es inútil, buen hombre. Estás loco por ella, la sigues, pero ella es para otros. La conozco bien... Todo lo sé. ¡Ay! ¡Cómo ríen las gentes de ti! ¡Cómo me río yo!... ¡Cómo te desprecio!»

IV

Á principios del verano se verificó la boda de la hija de Renovales con el elegante López de Sosa. Los periódicos publicaron columnas enteras hablando de este acontecimiento, por el cual, según la expresión de ciertos cronistas, «se unía la gloria y el esplendor del arte con el prestigio de la aristocracia y la fortuna». Nadie se acordaba ya del apodo de Bonito en escabeche.

El maestro Renovales hizo bien las cosas. No tenía más que una hija y deseaba casarla con regio aparato; que Madrid y España entera se enterasen de este suceso, cayendo sobre Milita un rayo de la gloria conquistada por su padre.

La lista de los regalos fué grande. Todas las amistades del maestro, elegantes damas, próceres de la política, artistas famosos y hasta personas reales, figuraron en ella con su correspondiente obsequio. Había para llenar una tienda. Los dos estudios de honor quedaron convertidos en galerías de bazar, con interminables mesas cargadas de objetos; una exposición de telas y dijes, visitada por todas las amigas de Milita, aun las más lejanas y olvidadas, que venían á felicitarla con palidez de envidia.

La condesa de Alberca envió también un regalo, enorme, estrepitoso, como si no quisiera pasar inadvertida entre los amigos de la casa. El doctor Monteverde estaba representado por un objeto modesto, aunque jamás había visto á los novios ni le ligaba á la familia otra relación que su amistad con el maestro.

La boda se celebró en el hotel, habilitando para capilla uno de sus estudios. Cotoner corrió con todo lo referente á la ceremonia, muy satisfecho de demostrar su influencia cerca de los personajes de la Iglesia.

Renovales se preocupó del aliño del altar, queriendo que se notase, hasta en los menores detalles, la mano de un artista. Sobre un fondo de antiguos tapices colocó un viejo tríptico, una cruz medioeval, todos los objetos de culto que llenaban su estudio como adornos decorativos, y limpios de polvo y telarañas iban á recobrar por unos instantes su importancia religiosa.

Las flores invadieron con su ola multicolor el hotel del ilustre maestro. Las quería Renovales en todas partes; las había pedido á Valencia y á Murcia, sin reparar en la cantidad; se extendían por los marcos de las puertas y las líneas de las cornisas: se amontonaban formando gigantescos ramos en las mesas y los rincones. Hasta se balanceaban en paganas guirnaldas de una á otra columna de la fachada, excitando la curiosidad de los transeuntes aglomerados al otro lado de la verja; mujeres de mantón, muchachos con grandes cestas á la cabeza, que permanecían embobados por la novedad, esperando que ocurriese en aquella casa algo extraordinario, siguiendo las idas y venidas de los criados que entraban atriles de música y un par de contrabajos ocultos en fundas charoladas.