De buena mañana andaba Renovales de un lado á otro, con dos bandas sobre la pechera y una constelación de astros dorados y centelleantes, cubriendo todo un lado de su frac. Cotoner también se había puesto las insignias de sus varias órdenes pontificias. El maestro se contemplaba con cierta satisfacción en todos los espejos, admirando igualmente á su amigo. Había que ponerse guapos; una fiesta como esta ya no la verían más. Hacía preguntas incesantemente á su compañero, para convencerse de que nada faltaba en los preparativos. El maestro Pedraza, gran amigo de Renovales, dirigía la orquesta. Se habían reunido todos los músicos mejores de Madrid, profesores del Real en su mayoría. El coro era bueno, pero como voces notables sólo había podido echar mano de los artistas que residían fijamente en la capital. La época no era la mejor; los teatros estaban cerrados...
Cotoner seguía exponiendo sus trabajos. Á las diez en punto llegaría el Nuncio, monseñor Orlandi, gran amigo de él; un barbián, todavía joven, al que había conocido en Roma de prelado doméstico. Bastaron cuatro palabras de Cotoner para que se dignase concederle el honor de casar á los chicos. Los amigos son para las ocasiones. Y el pintor de los papas, satisfecho de salir de su insignificancia, iba de salón en salón, disponiéndolo todo, seguido del maestro, que aprobaba sus órdenes.
En un estudio los músicos y las mesas para el lunch. Las otras naves para los invitados. ¿Faltaba algo?... Los dos artistas contemplaban el altar, con sus tapices de apagados colores y sus candelabros, cruces y relicarios, de un oro mate y viejo que parecía tragarse la luz sin devolverla. Nada faltaba. Telas antiguas y guirnaldas de flores cubrían las paredes, ocultando los estudios de color del maestro, ciertos cuadros sin acabar, obras profanas que no podían tolerarse en el ambiente discreto y entonado de aquella nave convertida en capilla. El suelo estaba cubierto en parte por alfombras vistosas, persas y morunas. Frente al altar dos reclinatorios, y tras ellos, para los invitados de más importancia, todos los asientos lujosos del estudio: sillones blancos del siglo XVIII, con escenas pastoriles bordadas, tijeras griegas, sitiales de roble tallado, asientos venecianos, sillas sombrías de interminable respaldo; una bizarra confusión de almacén de antigüedades.
De pronto Cotoner dió un paso atrás, como escandalizado. ¡Qué distracción! ¡Buena la habrían hecho de no fijarse él!... En el fondo del estudio, frente al altar que cortaba una gran parte de la vidriera, y recibiendo directamente la luz de ésta, destacábase una mujer enorme, blanca, desnuda, con una mano velando su sexo y la otra cruzada ante el saliente pecho. Era la Venus de Médicis, una pieza soberbia de mármol que Renovales había traído de Italia. La pagana belleza parecía desafiar, con su blancura luminosa, el amarillo mortecino de los sacros objetos alineados en el extremo opuesto. Habituados á verla los dos artistas, habían pasado varias veces junto á ella, sin reparar en su desnudez, que parecía más insolente y triunfadora al convertirse el estudio en oratorio.
Cotoner rompió á reir.
—¡Qué escándalo si no la vemos!... ¡Qué hubiesen dicho las señoras! Mi amigo Orlandi creería que lo habías hecho tú, con cierta intención, pues te tiene por algo verde... Anda, hijo; busquemos algo con que tapar á esta dama.
Encontraron, después de mucho buscar en el desorden de los estudios, una tela india de algodón, pintarrajeada de elefantes y flores de loto; la extendieron sobre la cabeza de la diosa, cubriéndola hasta los pies, y allí quedó como si fuese un misterio, una sorpresa para los invitados.
Iban llegando éstos. Fuera del hotel, junto á la verja, sonaba el piafar de los caballos y el estrépito de las portezuelas al cerrarse. Lejos rodaban otros carruajes, con rumor cada vez más próximo. En el vestíbulo sonaba el roce de la seda arrastrando por el suelo y los criados iban de un lado á otro recogiendo los abrigos y poniéndoles números como en los teatros, para almacenarlos en un gabinete, convertido en guardarropa. Cotoner dirigía á la servidumbre de cara rasurada ó luengas patillas, vestida con fracs descoloridos. Renovales, en tanto, sonreía, encorvándose con graciosas inclinaciones, saludando á las señoras que llegaban con mantillas blancas ó negras, estrechando las manos de los hombres, algunos de los cuales ostentaban vistosos uniformes.
El maestro sentíase conmovido por este desfile que cruzaba con cierta ceremonia sus salones y estudios. Sonábanle en los oídos, como una música acariciadora, el arrastre de las faldas, el rumor de los abanicos al agitarse, los saludos de las gentes, los elogios que le dirigían por su buen gusto. Llegaban todos con la misma satisfacción de ver y ser vistos que les acompañaba á los estrenos teatrales y á las funciones de gran gala. Música buena, asistencia del Nuncio, preparativos del gran lunch que parecían olfatear, y además la certeza de ver su nombre impreso al día siguiente, de encontrarse tal vez retratado en algún periódico de monos. La boda de Emilia Renovales era un acontecimiento.
Entre la ola de gente elegante que se deslizaba sin cesar, invadiéndolo todo, veíanse algunos jóvenes llevando en alto, con apresuramiento, sus máquinas fotográficas. ¡Tendrían instantáneas! Los que guardaban cierto resquemor contra el artista, acordándose de lo caro que les había costado su retrato, le perdonaban ahora generosamente, excusando su rapacidad. Era un maestro que vivía como un gran señor... Y Renovales iba de un lado á otro, estrechando manos, haciendo cortesías, hablando con cierta incoherencia, no sabiendo adónde acudir. Durante un momento que permaneció en el vestíbulo, vió un trozo de jardín lleno de sol, cubierto de flores, y al otro lado de la verja una masa negra: la multitud admirada y risueña. Aspiró el perfume de las rosas y de las esencias femeniles, sintiendo descender por su pecho la voluptuosidad del optimismo. La vida era una gran cosa. La pobre muchedumbre, agolpada fuera, le hizo recordar con cierto orgullo al hijo del herrero. ¡Dios! ¡Y cómo había subido!... Sentía agradecimiento hacia aquella gente rica y ociosa que sustentaba su bienestar: esforzábase por que nada la faltase y abrumaba á Cotoner con sus recomendaciones. Éste se revolvía contra el maestro con la arrogancia del que ejerce autoridad. Su puesto estaba dentro, cerca de los invitados. Debía dejarle á él, que sabía sus obligaciones. Y volviendo la espalda á Mariano, daba órdenes á los criados y enseñaba el camino á los que llegaban, bastándole una mirada para reconocer su clase. «Por aquí, señores.»