Era un grupo de músicos, y lo encaminaba por un pasillo de la servidumbre para que llegase á sus atriles sin mezclarse con los invitados. Después reñía á una tropa de marmitones, que traían con retraso las últimas remesas del lunch, y avanzaban entre la concurrencia levantando sobre las cabezas de las señoras los grandes cestos de mimbres.

Cotoner abandonó su puesto al ver surgir de la escalinata un sombrero de felpa, con borlas de oro, sobre una cara pálida: después una sotana de seda con botones y fajín morados, flanqueada de otras dos, negras y modestas.

¡Oh, monsignore! ¡Monsignore Orlandi! ¿Va bene? ¿Va bene?

Le besó la mano, arqueándose con una gran reverencia, y después de enterarse de su salud con ansioso interés, como si no le hubiese visto el día anterior, rompió la marcha, abriéndole paso en los salones llenos de gente.

—¡El Nuncio! ¡El Nuncio de Su Santidad!

Los hombres, con un recogimiento de personas decentes que saben respetar las potestades, cesaban de reir, de hablar con las señoras, y se inclinaban gravemente, recogiendo al paso aquella mano fina y pálida, una mano de dama antigua, para besar la enorme piedra de su anillo. Ellas contemplaban un momento, con ojos húmedos, á monseñor Orlandi, un prelado distinguidísimo, un diplomático de la Iglesia, un noble de la vieja nobleza romana, alto, enjuto, con fina palidez de hostia, el pelo negro, los ojos imperiosos, y en ellos un brillo intenso de llama.

Tenía en sus movimientos una gentileza arrogante que recordaba la apostura de los toreros. Las bocas femeninas se posaban ávidas en su mano, mientras él contemplaba con ojos enigmáticos la fila de nucas adorables inclinadas á su paso. Cotoner seguía avanzando, abriéndole paso, orgulloso de su papel, conmovido por el respeto que infundía su ilustre amigo el barbián. ¡Qué gran cosa la religión!...

Lo acompañó hasta la sacristía, que era el cuarto donde se desnudaban y vestían las modelos. Quedó á la parte de fuera, discretamente; pero á cada instante salía en su busca uno ú otro de los familiares, jovenzuelos vivarachos, de movilidad femenil y lejano perfume, que consideraban con cierto respeto al artista, creyéndole un personaje. Llamaban al signore Cotoner, pidiéndole que les ayudase á buscar ciertas cosas que monseñor había enviado el día antes, y el bohemio, para evitarse nuevas reclamaciones, acabó por entrar en el cuarto de las modelos, colaborando en el sacro tocado de su ilustre amigo.

En los salones se arremolinó la concurrencia; cesaron las conversaciones y una avalancha de gente, después de agolparse ante una puerta, se abrió dejando paso.

Avanzó la novia, apoyada en el brazo de un imponente señor, que era el padrino, toda blanca; blanco de marfil el traje, blanco de nieve el velo, blanco de nácar las flores. No había en ella otro color vivo que el rosa saludable de sus mejillas y el rojo tostado de sus labios. Sonreía á un lado y á otro, sin cortedad, sin timidez, satisfecha de la fiesta y de ser ella su principal objeto. Después pasaba el novio, dando el brazo á su nueva madre, la esposa del pintor, más pequeña que nunca, encogida en su vestido de ceremonia, que le venía grande, aturdida por este suceso ruidoso que rasgaba la dolorosa calma de su existencia.