¿Y el padre?... Renovales faltó á la ceremoniosa entrada: estaba ocupadísimo atendiendo á los invitados; le retenía en un extremo del salón una risa graciosa, medio oculta tras un abanico. Se había sentido tocado en un hombro, y al volverse vió al solemne conde de Alberca llevando del brazo á su esposa. El conde le había felicitado por el aspecto de sus estudios: todo muy artístico. La condesa le felicitaba también, en tono zumbón, por la importancia que aquel suceso tenía en su vida. Llegaba el momento de retirarse, de decir adiós á la juventud.

—Le arrinconan á usted, querido maestro. Pronto le van á llamar abuelo.

Reía gozándose en la turbación y el rubor que le causaban estas palabras compasivas. Pero antes de que Mariano pudiera contestar á la condesa, se sintió arrastrado por Cotoner. ¿Qué hacía allí? Los novios estaban en el altar; Monseñor comenzaba sus oficios; el asiento del padre permanecía vacío. Y Renovales pasó media hora de tedio, siguiendo con mirada distraída las ceremonias del prelado. Lejos, en el último estudio, rompieron los instrumentos de cuerda en ruidoso acorde, y se desarrolló una melodía de mundano misticismo, extendiendo sus ondas sonoras, de habitación en habitación, en un ambiente cargado de perfume de rosas ajadas.

Luego, una voz dulce, coreada por otras más roncas, comenzó á entonar una plegaria que tenía el voluptuoso ritmo de las serenatas italianas. Una emoción de pasajero sentimentalismo, pareció conmover á los invitados. Cotoner, que vigilaba cerca del altar para que nada faltase á Monseñor, sentíase enternecido por la música, por el aspecto de aquella muchedumbre distinguida, por la gravedad teatral con que el prócer romano sabía ejecutar las ceremonias de su profesión. Mirando á Milita tan hermosa, arrodillada y con los ojos bajos en la envoltura de su velo de nieve, el pobre bohemio parpadeaba para contener sus lágrimas. Sentía la misma emoción que si se le casase una hija; ¡él, que no había tenido ninguna!

Renovales se incorporaba, buscando los ojos de la condesa por encima de las mantillas blancas y negras. Unas veces los encontraba fijos en él, con expresión burlona; otras los veía buscando á Monteverde en la masa de señores que llenaba la puerta.

Hubo un momento en que el pintor atendió á la ceremonia. ¡Cuán larga era!... La música había cesado; Monseñor, de espaldas al altar, avanzaba algunos pasos hacia los recién casados, extendiendo las manos, como si fuese á hablarles. Se hizo un profundo silencio y la voz del italiano comenzó á sonar en este recogimiento, con una pastosidad cantante, vacilando ante algunas palabras, supliéndolas con otras de su idioma. Expuso sus deberes á los cónyuges y se extendió, con cierta animación oratoria, al elogiar su origen. De él dijo poco: era un representante de las clases elevadas, de donde surgen los conductores de hombres; ya conocía sus deberes. Ella era la descendiente de un gran pintor de fama universal: de un artista.

Y al nombrar al arte, el prelado romano enardecíase, como si elogiase su propia estirpe, con el profundo y firme entusiasmo de una vida transcurrida entre las espléndidas decoraciones semipaganas del Vaticano. «Después de Dios, no hay nada como el arte...» Y tras esta afirmación, con la que creaba á la novia una nobleza superior á la de muchas de aquellas gentes que la contemplaban, elogió las virtudes de sus padres. Tuvo acentos admirables para el amor puro y la fidelidad cristiana, lazos con los que llegaban unidos, Renovales y su mujer, á las puertas de la vejez, y que seguramente les acompañarían hasta la muerte. El pintor bajó la cabeza, temiendo encontrar las miradas burlonas de Concha. Sonaron los lamentos ahogados de Josefina, con la cara oculta en la blonda de su mantilla. Cotoner creyó del caso apoyar con discretas afirmaciones de cabeza los elogios del prelado.

Después la orquesta tocó ruidosamente la Marcha nupcial, de Mendelssohn; crujieron las sillas al ser echadas atrás, abalanzáronse las señoras hacia la novia, y un zumbido de felicitaciones, formuladas á gritos, por encima de las cabezas, y de estrujones por quién llegaría antes, apagó el vibrar de las cuerdas y el sordo rugido del metal. Monseñor, perdida su importancia al terminar la ceremonia, se dirigió con sus familiares al cuarto de las modelos, pasando inadvertido entre los grupos. La novia sonreía resignada, entre el círculo de brazos femeninos que la estrujaban y de bocas amigas que caían sobre ella con interminable besuqueo. Mostraba asombro por la sencillez del acto. ¿Ya no quedaba más? ¿Realmente estaba casada?...

Cotoner vió á Josefina abriéndose paso, mirando con cierta impaciencia entre los hombros de las gentes, con la cara animada por una oleada de sangre. Su instinto de arreglador le avisó la proximidad de un peligro.

—Cójase de mi brazo, Josefina. Vamos fuera á respirar. Esto está imposible.