Tomó su brazo, pero en vez de seguirle le arrastró entre las gentes que se agolpaban en torno de su hija, hasta que se detuvo viendo, por fin, á la condesa de Alberca. El prudente amigo se estremeció. Lo que él creía; buscaba á la otra.
—¡Josefina... Josefina!....¡Que estamos en la boda de Milita!...
Pero su recomendación fué inútil. Concha, al ver á su antigua amiga, corrió á ella. «¡Querida! ¡Tanto tiempo sin verte! Un beso... otro.» Y la besó ruidosamente, con grandes transportes de efusión. La mujercita sólo tuvo un intento de resistencia; pero se entregó, desalentada, sonriendo con tristeza, vencida por la costumbre y la educación. Devolvió aquellos besos fríamente, con gesto de indiferencia. No odiaba á Concha. Si su marido no iba á ella, iría á otra; la enemiga temible, la verdadera, estaba dentro de él.
Los novios, cogidos del brazo, risueños y algo fatigados por la vehemencia de las felicitaciones, atravesaron los grupos, desapareciendo seguidos de los acordes de la marcha triunfal.
Calló la música, y la gente asaltó aquellas mesas cubiertas de botellas, fiambres y dulces, tras las cuales corrían azorados los criados, no sabiendo cómo atender á tanta manga negra, á tanto brazo blanco, que agarraban los platos de filete dorado y los cuchilletes de nácar cruzados sobre los manjares. Era un motín sonriente y bien educado, pero que se empujaba, pisando las colas de los vestidos, haciendo jugar los codos, como si al terminar la ceremonia todos se sintiesen atenaceados por el hambre.
Con el plato en la mano, sofocados y jadeantes tras el asalto, se esparcían por los estudios, comiendo hasta en el mismo altar. No había criados para tanto llamamiento: los jóvenes, arrebatando las botellas de Champagne, iban de un lado á otro sirviendo copas á las señoras. Con discreta alegría se saqueaban las mesas. Cubríanlas los domésticos apresuradamente, y con no menos rapidez venían abajo las pirámides de emparedados, de frutas, de dulces, y desaparecían las botellas. Los taponazos sonaban dobles ó triples á un tiempo, con incesante tiroteo.
Renovales corría como un criado, cargado de platos y copas, yendo desde las mesas rodeadas de gente, á los rincones donde estaban sentadas algunas damas amigas. La de Alberca tomaba aires de dueña; le hacía ir y venir con incesantes peticiones.
En uno de estos viajes tropezó con Soldevilla, el amado discípulo. No le había visto en mucho tiempo. Parecía triste, pero se consolaba mirándose el chaleco; una novedad que había dado golpe entre la gente joven; de terciopelo negro, labrado á flores, y con botones de oro.
El maestro creyó que debía consolarle: ¡pobre muchacho! Por primera vez le dió á entender que «estaba en el secreto».
—Yo quería otra cosa para mi hija, pero no ha podido ser. ¡Á trabajar, Soldevillita! ¡Ánimo! Nosotros no debemos tener otra querida que la pintura.