Y satisfecho de este consuelo bondadoso, volvió al lado de la condesa.
Á mediodía terminó la fiesta. López de Sosa y su mujer volvieron á presentarse en traje de viaje: él con un abrigo de piel de zorro, á pesar del calor, gorra de cuero y altas polainas; ella con un largo impermeable hasta los pies y la cabeza oculta en un turbante de velos espesos, como una odalisca fugitiva.
Á la puerta les esperaba la última adquisición del novio: un vehículo de ochenta caballos que había comprado para su viaje de boda. Pasarían la noche á algunos centenares de kilómetros, en el riñón de Castilla la Vieja, en una finca heredada de sus padres, que nunca había visitado.
Boda modernista, como decía Cotoner; la intimidad amorosa en plena carretera, sin otro testigo que las discretas espaldas del chauffeur. Al día siguiente pensaban salir á correr Europa. Llegarían hasta Berlín; tal vez fuesen más lejos.
López de Sosa repartió vigorosos apretones de manos, con la arrogancia de un explorador, y salió para revisar su automóvil antes de partir. Milita se dejó abrazar, llevándose en su envoltura de velos las lágrimas de la madre.
—¡Adiós! ¡Adiós, hija mía!...
Y se acabó la boda.
Quedaron solos Renovales y su mujer. La ausencia de la hija, pareció agrandar su soledad, ensanchando la distancia entre ellos. Se miraban con extrañeza, huraños y tristes, sin una voz que, surgiendo entre su silencio, les sirviera de puente para cambiar algunas palabras. Iba á ser su existencia como la de los presidiarios que se odian y marchan juntos, unidos por la misma cadena, en penosa promiscuidad, teniendo que confundir los más bajos menesteres de la vida.
Los dos pensaron, como remedio á este aislamiento que les infundía miedo, en llevar á vivir con ellos á los recién casados. El hotel era grande, tenía espacio para todos. Pero Milita se opuso, con dulce tenacidad, y su esposo le hizo coro. Necesitaba vivir cerca de sus cocheras, de su garage. Además, ¿dónde establecería él, sin escándalo del suegro, las preciosidades que coleccionaba, su gran museo de cabezas de toros y trajes ensangrentados de matadores célebres, que era la admiración de sus amigos y objeto de gran curiosidad para muchos extranjeros?...
Al quedar solos el pintor y su mujer, les pareció que en un mes habían envejecido muchos años: encontraron su hotel más enorme, más desierto, con la sonoridad y el silencio de los monumentos abandonados. Renovales quiso que Cotoner se trasladase al hotel; pero el bohemio se excusó con cierto temor. Comería con ellos; pasaría gran parte del día en su casa; eran su única familia; pero él deseaba conservar su libertad; no podía prescindir del trato con sus numerosas amistades.