Bien entrado el verano, el maestro indujo á su mujer á realizar el mismo viaje de otros años. Irían á una playa andaluza poco conocida; un pueblecillo de pescadores en el que el artista había pintado muchos de sus cuadros. Se aburría en Madrid. La condesa de Alberca estaba en Biarritz con su marido. El doctor Monteverde se había marchado también, arrastrado por ella.

Hicieron el viaje, pero éste no duró más de un mes. Apenas si el maestro pudo llenar dos lienzos. Josefina sintióse enferma. Al llegar á la playa, su vida sufrió una saludable reacción. Se mostraba más alegre; permanecía horas enteras sentada en la arena, tostándose al sol, con una impasibilidad de enferma hambrienta de calor, contemplando el mar con ojos inexpresivos, cerca de su marido que pintaba rodeado de un semicírculo de gentes miserables. Parecía más alegre, cantaba, sonreía algunas veces al maestro, como si lo perdonase todo y quisiera olvidar; pero de pronto había caído sobre ella una sombra de tristeza; su cuerpo se sintió paralizado otra vez por la debilidad. Cobró aversión á la playa alegre, á la dulce vida al aire libre, con esa repugnancia de ciertos enfermos á la luz y el ruido, que les hace ocultarse en las profundidades del lecho. Suspiró por su triste casa de Madrid. Allí estaba mejor; sentíase más fuerte, rodeada de recuerdos; se creía más segura del negro peligro que rondaba en torno de ella. Además, ansiaba ver á su hija. Renovales debía telegrafiar á su yerno. Ya habían corrido bastante por Europa; que volviesen; ella necesitaba ver á Milita.

Regresaron á Madrid á fines de Septiembre, y poco después se unieron á ellos los recién casados, satisfechos de su excursión, y más satisfechos aún de verse en tierra conocida. López de Sosa había sufrido conociendo gentes más poderosas que él, que le humillaban con el lujo de sus trenes. Su mujer deseaba vivir entre personas amigas para que admirasen su bienestar. Dolíase de la falta de curiosidad de aquellos países donde nadie se preocupaba de ella.

Josefina pareció animarse con la presencia de su hija. Ésta llegaba muchas tardes, ostentando su lujo, que aun parecía más estrepitoso en aquel Madrid veraniego, abandonado por la gente elegante, y se llevaba á su madre, paseándola en automóvil por las inmediaciones de la capital, corriendo los caminos llenos de polvo. Otras veces era Josefina la que, en un arranque de voluntad, vencía la torpeza de su cuerpo, yendo á casa de su hija (un piso principal de la calle de Olózaga) y admirando el confort moderno de que vivía rodeada.

El maestro parecía aburrido. No tenía retratos que pintar; le era imposible hacer nada en Madrid, saturado aún de la luz esplendente y los intensos colores de la playa mediterránea. Además, le faltaba la compañía de Cotoner, pues éste se había ido á una pequeña ciudad castellana, de histórica ranciedad, donde recibía con cómica altivez los honores debidos al genio, viviendo en el palacio del prelado y asesinando con una restauración infame varios cuadros de la catedral.

La soledad aguzaba en Renovales el recuerdo de la de Alberca. Ésta, por su parte, con gran abundancia epistolar, hacíase presente todos los días en la memoria del pintor. Le había escrito al pueblecillo de la costa y le escribía ahora á Madrid, queriendo saber cuál era su vida, interesándose por los más insignificantes detalles, relatándole la suya con una exuberancia que llenaba pliegos y pliegos, encerrando bajo cada sobre una verdadera historia.

El pintor seguía la existencia de Concha minuto por minuto, como si la estuviese presenciando. Le hablaba de Darwin, ocultando bajo este nombre á Monteverde; se quejaba de su frialdad, de su indiferencia, de aquel aire de conmiseración con que acogía su apasionamiento. «¡Ay, maestro, soy muy desgraciada!» Otros días la carta era triunfal, optimista: la condesa mostrábase radiante, y el pintor leía entre líneas su satisfacción, adivinaba su embriaguez tras aquellas entrevistas audaces, en la propia casa, desafiando la ceguera del marido. Y ella se lo contaba todo, con una confianza impúdica y desesperante, como si fuese de su mismo sexo, como si no pudiera sentir la más leve emoción ante estas confidencias.

En las últimas cartas mostrábase Concha loca de alegría. El conde estaba en San Sebastián para despedirse de sus reyes: una alta misión diplomática. Aunque no era de la carrera, le habían escogido como representante de la más solemne nobleza española, para llevar el Toisón á un principillo de uno de los más diminutos estados alemanes. El pobre señor, ya que no alcanzaba la áurea distinción, consolábase llevándola á otros con gran pompa. Renovales presentía en todo esta la mano de la condesa. Sus cartas irradiaban la alegría. Iba á quedarse sola con Darwin, pues el noble señor estaría ausente mucho tiempo. ¡La vida marital con el doctor, sin riesgos ni inquietudes!...

Renovales sólo leía estas cartas por curiosidad; ya no despertaban en él una emoción intensa y duradera. Se había acostumbrado á su situación de confidente: se enfriaba su deseo con la franqueza de aquella mujer que se libraba á él, comunicándole todos sus secretos. Su cuerpo era lo único que le quedaba por conocer; su vida interna la poseía como ninguno de sus amantes, y comenzaba á sentirse fatigado de esta posesión. La distancia y la ausencia le infundían una fría serenidad. Al acabar la lectura de estas cartas pensaba siempre lo mismo. «Está loca; ¿qué me importarán á mí sus secretos?...»

Transcurrió una semana sin que recibiese noticias de Biarritz. Los periódicos hablaban del viaje del respetable conde de Alberca. Ya estaba en Alemania, con todo su cortejo, preparándose á colocar el noble cordero sobre los principescos hombros. Renovales sonreía maliciosamente, sin emoción, sin envidia, al pensar en el silencio de la condesa. Su soledad la había traído, sin duda, grandes ocupaciones...