De pronto, una tarde tuvo noticias de ella del modo más inesperado. Salía Renovales de su hotel, á la puesta del sol, para dar un paseo por los altos del Hipódromo, á lo largo del Canalillo, contemplando Madrid desde esta eminencia, cuando en la puerta de la verja, un muchachillo de rojo dolmán, mandadero de una agencia, le tendió una carta. El pintor hizo un gesto de sorpresa al reconocer la letra de Concha. Cuatro renglones apresurados, nerviosos. Acababa de llegar aquella tarde en el exprés de Francia, con su doncella Mary. Estaba sola en casa. «Venga usted... Corra... Noticias graves; voy á morir.» Y el maestro corrió, aunque no le impresionase gran cosa este anuncio de muerte. Ya sería algo menos. Estaba acostumbrado á las exageraciones de la condesa.

La casa señorial de los Alberca tenía la sonoridad, la penumbra y el ambiente polvoroso de los edificios abandonados. No quedaba en ella otra servidumbre que el portero. Junto á la escalera jugueteaban sus hijos, como si aun no estuviesen enterados de la llegada de la señora. Arriba, los muebles estaban enfundados de gris; las lámparas con envoltorios de tela; los bronces y las lunas de los espejos, mates y como muertos bajo una capa de polvo. Mary le abrió la puerta, guiándole al través de los salones obscuros, de fétida atmósfera, con los balcones cerrados, faltos de cortinajes y sin otra luz que la que entraba por las rendijas.

En un gabinete tropezó con varias maletas, todavía llenas, caídas y olvidadas en la precipitación de una llegada anormal.

Al término de esta peregrinación, casi á tientas por la casa abandonada, vió una mancha de luz, la puerta del dormitorio de la condesa, la única habitación con vida, iluminada por el lejano resplandor del sol poniente. Concha estaba allí, junto á la ventana, hundida en un sillón, con el ceño fruncido, la mirada perdida, coloreada de un tono anaranjado por la luz moribunda.

Al ver al pintor, púsose de pie con un movimiento de resorte, extendió los brazos y corrió á él, como si la persiguiesen.

—¡Mariano! ¡Maestro! ¡Se fué!... ¡Me abandona para siempre!...

Su voz era un alarido: se abrazaba á él, hundiendo su cabeza en uno de sus hombros, mojándole la barba con las lágrimas que comenzaban á surgir de sus ojos cayendo gota á gota.

Renovales, á impulsos de la sorpresa, la repelió dulcemente, y la hizo volver al sillón.

—¿Pero quién se ha ido? ¿Quién es ese?... ¿Darwin?

Sí; él. Todo había acabado. La condesa apenas podía hablar; un hipo doloroso cortaba sus palabras. La rabia de verse abandonada y su orgullo pisoteado, revolvíanse haciendo temblar su cuerpo. Había huido en plena dicha, cuando ella creía tenerle más seguro, cuando gozaban de una libertad que nunca habían conocido. El señor estaba cansado; la amaba aún—según decía en una carta,—pero deseaba verse libre para continuar sus estudios. Huía agradecido á sus bondades, ahíto de tanto amor, para ocultarse en el extranjero y ser un grande hombre, no pensando más en mujeres. Así decía en los breves renglones que la había enviado al desaparecer. ¡Mentira, todo mentira! Ella adivinaba otras cosas. El miserable se había escapado con una cocotte, tras la cual se le iban los ojos en la playa de Biarritz. Una fea, de gracia canallesca, que debía enloquecer á los hombres con misteriosas variedades del pecado. ¡Las personas decentes cansaban á aquel señorito! Debía también sentirse ofendido porque no le alcanzaba la cátedra, porque no le habían hecho diputado. ¡Señor! ¿Qué culpa tenía ella de estos fracasos? ¿No había hecho todo lo posible?...