Torció el gesto Mascaró y quiso protestar de tales afirmaciones. El libro guardaría siempre su influencia. Balboa, simple inventor que sólo concedía importancia á lo que fuese interesante para él, pasaba por encima del estilo literario, ignorando la fuerza sugestiva de la palabra, el arte en la expresión de las ideas. Pero don Antonio se dejó ganar al fin por el fervor de su amigo, pensando en las nuevas y enormes ganancias que proporcionaría esta innovación á los que viven del trabajo literario. No en balde había escrito versos y novelas en su juventud.
—Si verdaderamente has encontrado ese invento, vale más que todo lo que llevas hecho.
Luego se encogió en su interior el Mascaró imaginativo y vehemente, para dejar sitio al padre de familia de presupuesto ordenado.
—Y sobre todo vas á ganar mucho dinero, ¡muchísimo!... ¡Ya era hora!
Estas últimas palabras sacaron á don Ricardo de su abstracción entusiástica. Sus ojos y su gesto fueron los de un sonámbulo que despierta bajo una sensación de frialdad. Olvidó su invento para pensar en un episodio molesto de su vida ordinaria.
—Esa señora va á venir—dijo—. Está en Madrid. Me ha hablado por teléfono desde su hotel.
Fijó el catedrático unos ojos interrogantes en Balboa, sin adivinar á quién se refería.
—Es la californiana Concha Ceballos, por otro nombre mistress Douglas, de la que hablamos el último día que estuviste aquí.
Mascaró agitó ambas manos sobre su cabeza, riendo al mismo tiempo.
—¡Ah!... Es la que llaman «la Embajadora» allá en su país... ¡Pobre Ricardo! ¡Qué visita tan molesta!