Luego cesó de reir, mirando á su amigo como si le compadeciese. Éste, inquieto por la próxima visita, fijó sus ojos en el reloj que tenía enfrente. Eran las doce, y aquella mujer de actividad dominadora y carácter enérgico debía ser puntual. Iba á llegar de un momento á otro.
El catedrático, que había acogido la noticia de la visita con regocijo, acabó por dar consejos prudentes á su amigo.
—Ten calma. Acuérdate que estás enfermo, y las discusiones y acaloramientos perturban el corazón. Piensa que es una mujer...
Esto último era lo que más preocupaba al inventor.
—¿Cómo mostrar la verdad á una mujer, cuando no quiero verla? Además, ¡tan caprichosa, tan violenta!... Si leyeses la última carta que me envió de París...
La inquietud parecía haber aguzado sus sentidos, y de pronto avanzó la cabeza como para escuchar mejor. Sonaba el timbre de la puerta.
—Ya está ahí.
Su amigo se apresuró á marcharse.
—¡Serenidad, Ricardo! Acuérdate de tu corazón... Ya me contarás. Vendré esta noche con mi gente.
En la antesala se cruzó con dos señoras que iban hacia el salón, guiadas por una doméstica. Inmediatamente las reconoció por sus figuras más que por sus rostros. Eran las dos extranjeras que había visto pasar en automóvil por la calle de Alcalá.