La que iba delante no llamó su atención, á causa de la mediocridad de su estatura, que aún parecía más exigua comparada con la de la dama que venía después y era la misma que guiaba el automóvil.

Don Antonio tuvo que levantar un poco los ojos para ver su rostro. Era alta, soberbiamente alta, con cierto aire de aplomo y seguridad que acompaña casi siempre á las personas soberanas. Se sintió envuelto en una ráfaga de perfumes sutiles, carnales y químicos. Pensó en refinados cuidados higiénicos. Luego en jardines de leyenda, exhalando bajo el resplandor lunar una respiración de oloroso misterio.

Sólo pudo ver rápidamente una dentadura espléndida, que juzgó casi inverosímil por su perfección; una dentadura que parecía emitir luz entre la cuádruple orla de las encías rojas, intensamente rojas, y los labios de un rosa húmedo, algo gruesos. Luego vió el color dorado de su rostro: color de naranja primeriza obscurecido por una capa de polvos rojizos; y finalmente sus ojos, de pupilas negras, que al pasar junto á un balcón tomaron la amarilla luminosidad de dos monedas de oro. Estos ojos dejaron caer sobre él una mirada de majestuosa indiferencia, que parecía alejar las personas y las cosas.

Quedó inmóvil el catedrático á sus espaldas, con gesto pensativo é indeciso, hasta que la vió desaparecer bajo la caída de un cortinaje. Él conocía aquella señora; estaba seguro de haberla visto en alguna parte.

De pronto levantó los hombros y empezó á sonreir, mientras se dirigía á la puerta de la escalera. No se había equivocado. La conocía muchos años; la había visto repetidas veces en letras de imprenta.

—Es ella... Es la reina Calafia.

II
Aguas arriba en el pasado

Al ver á Balboa sintió perderse una parte de la fuerza hostil que la había empujado hasta allí. Se sentó en el sillón que le ofrecía el dueño de la casa, mientras su modesta compañera ocupaba otro á su lado sin esperar á que la invitasen.

Fué contestando maquinalmente á los saludos del ingeniero, y al mismo tiempo sus ojos no podían apartarse de él, fijos por la atracción de la sorpresa. «¡Qué viejo está!... No le hubiese conocido al encontrarlo en la calle.»

Y mientras repetía esto en su cerebro, fué saltando mentalmente sobre un período considerable de su propia existencia.