En el tiempo empleado por ella para balbucear unas cuantas palabras de cortesía, su imaginación hizo revivir más de la mitad de su vida anterior. Se vió tal como era, teniendo catorce años, allá en Monterrey, la ciudad más española de California. Los Ceballos pertenecían á la nobleza colonial. Eran descendientes de militares ó funcionarios civiles que habían venido de España á Méjico en tiempo de la dominación española, pasando después, por sus empleos, á establecerse en la tranquila y remotísima California.

Estos hidalgos dedicados á la ganadería representaban la sociedad civil en los pueblos que habían ido creándose junto á los conventos de los franciscanos. Al separarse Méjico de España, las Misiones de California se arruinaban instantáneamente. Desaparecían los frailes, ahuyentados por las nuevas leyes mejicanas, y quedaban únicamente los hidalgos propietarios del suelo. Su vida apartada les hacía dar mayor importancia á su noble origen y á su raza blanca. En Los Ángeles, en San Diego y otras Misiones antiguas, las familias de apellidos españoles se mantenían en aristocrático aislamiento, cruzándose sólo entre ellas.

San Francisco era entonces una bahía hermosa, pero solitaria y sin utilidad. Aún no se había descubierto el oro californiano. Unas cuantas casas hechas de adobes junto á la iglesia de los Dolores y un fuerte en la entrada de la bahía era todo. Monterrey, puerto frecuentado por los navegantes españoles y residencia de las autoridades enviadas por el virrey de Méjico, figuraba como la capital del país. Y en Monterrey vivían los Ceballos desde la última década del siglo XVIII, ó sea desde que llegó el fundador de la familia siguiendo las huellas del capitán Portolá.

Cuando ella era niña había oído á su padre, don Gonzalo Ceballos, y á los amigos de éste lamentarse de la invasión de los gringos y la rapidez con que perdía California su antiguo aspecto. Sin embargo, Conchita aún había conocido un Monterrey tradicional é interesante, perdido ahora para siempre.

Los restos de la población amada en su niñez desaparecían, abrumados y borrados por las modernas construcciones. El Monterrey de ella era todavía hispano-colonial, compuesto de edificios de adobe enjalbegados de blanco, todos de un solo piso, y con un patio interior que recordaba la casa árabe copiada por los conquistadores procedentes de Andalucía ó Extremadura en todos los países de América. Las calles eran barrancos en días de lluvia ó profundos caminos, de cuyo fondo se elevaban columnas de polvo al soplar el viento. Apenas se conocía el carruaje. Todos iban á caballo. Se aprendía á montarlo antes de saber andar. Atados á los sombrajes de los edificios esperaban filas de caballos enjaezados con ricas y vistosas sillas mejicanas. Los hombres se calzaban las espuelas al salir de la cama y muchas veces dormían con ellas fijas en sus talones. La vida un poco ruda, pero patriarcal, estaba regida por las costumbres leales y hospitalarias de los pueblos que habitan el desierto.

La música y la danza eran diversiones frecuentes y los únicos esparcimientos intelectuales del país. Todas las noches había baile en una casa «distinguida». Hasta los señores graves y maduros bailaban el «vals chiqueado», danza llamada así porque los varones interrumpían su baile para recitar á sus parejas una tirada de versos comparándolas con una rosa, una perla ó algo semejante; después de lo cual, volvían á pasar el brazo por su talle y continuaban dando vueltas.

Mientras las familias de apellido noble vivían entre ellas, negándose á aceptar extranjeros en sus fiestas, con un mal humor de invadidos que se dan cuenta de su vencimiento, la gente popular se divertía igualmente en las calles, valiéndose de la música y la poesía. Sonaban guitarras ante las panzudas rejas; surgían de la fresca obscuridad nocturna voces apasionadas entonando cantos mejicanos ó de remoto origen español.

A la mañana siguiente, Conchita, sin sentir fatiga por estas largas horas de baile montaba á caballo lo mismo que un «vaquero» y salía al campo. Las mujeres de los suburbios se asomaban para saludarla á las puertas de sus casitas, edificios bajos de adobe pintados de blanco, con apretadas y purpúreas guirnaldas cubriendo sus muros. Desde lejos parecían hechas con rosas gigantescas de avinada púrpura, pertenecientes á la flora misteriosa de un mundo nunca visto. De cerca eran simples ristras de pimientos picantes, la cosecha anual puesta á secar del terrible «chile», que acaricia la boca como un cauterio.

Luego visitaba las tierras de su padre. Éstas eran cada vez más reducidas, y sus rebaños iban disminuyendo de un modo alarmante. Los Ceballos se consideraban cada año menos ricos, siguiendo en esto la suerte de toda la antigua aristocracia californiana.

El abuelo de ella había conocido la gran revolución que cambió instantáneamente la fisonomía del país. California, que había sido española y luego mejicana, acabó por pertenecer á los Estados Unidos.