Esto no impresionó mucho á los hidalgos coloniales. Vivían tan lejos de Méjico, que la influencia del gobierno mejicano después de la independencia había sido algo teórico y sin realidad. Los californianos, poco numerosos y esparcidos sobre un territorio enorme, vivían autonómicamente, conservando el espíritu de la antigua colonización española, y aunque sintiesen una predilección especial por el pueblo más allegado á su origen, no creyeron, sin embargo, asunto de vida ó muerte el nuevo cambio de bandera. Veintiocho años antes habían dejado de ser españoles para llamarse mejicanos; ahora dejarían de ser mejicanos para vivir dentro de la confederación de los Estados Unidos. Esto era todo.
Lo que resultó verdaderamente terrible fué que al mismo tiempo se hicieron los primeros descubrimientos auríferos en el país. Corrió por el mundo la noticia de que California era una tierra de oro, y las gentes aventureras y violentas de todas las razas marcharon como á una Cruzada de rapiña, para caer sobre este rincón de América. Los vicios y malicias del planeta entero llegaron en compañía de los hombres ansiosos de enriquecerse. El llamado «salón», taberna y posada al mismo tiempo, abundante en juegos y mujeres, surgió con la prodigalidad de las vegetaciones parásitas sobre esta tierra maravillosa, donde los aventureros de manos rudas, enriquecidos de pronto, no sabían qué hacer de su oro. Astutos tahures corrían el país para robar al minero con sus trampas, despojando al mismo tiempo de sus bienes á muchos californianos.
El hidalgo ganadero se hizo jugador, perdiendo en los golpes del azar sus rebaños y sus tierras. Los que se mantenían libres de la tentación de los naipes se entregaron á otro juego, siguiendo la influencia ancestral de los conquistadores ibéricos, grandes buscadores de tierras de oro. Se hicieron mineros, enajenando sus campos para aventurar su producto en la explotación de filones que muchas veces sólo existían en la fantasía del vendedor. Querían hacerse millonarios en unas semanas, como los europeos llegados en masa al país.
Todavía el abuelo de Conchita fué un Ceballos rico, con arreglo á la riqueza de su época, consistente en miles de cabezas de ganado y docenas de leguas de tierra. Pero antes de morir vió quebrantada profundamente la fortuna de la familia. Su hijo quedó casi arruinado por los malos negocios, pero igual á los jugadores caídos en la miseria, que únicamente quieren hablar del juego que les empobreció y le confían su porvenir, don Gonzalo sólo se ocupaba de minas, y estaba dispuesto á aceptar todos los negocios de esta clase que le ofreciesen. Su hijo visitaba con más frecuencia que él la única propiedad de campo que aún figuraba á su nombre con el gravamen de varias hipotecas. Toda la atención de él era para los filones metálicos, que pueden enriquecer á un hombre con inaudita largueza en el transcurso de unos días; algo maravilloso que sólo se ve en el juego.
Y como la época brillante de California ya había pasado y aún no estaban descubiertos los veneros de oro de Alaska, el señor Ceballos tenía vueltos sus ojos hacia la frontera de Méjico. Los últimos fragmentos de su fortuna los arriesgó en el descubrimiento y explotación de minas situadas en territorios indudablemente mejicanos, con arreglo á las indicaciones de los mapas, pero en los cuales no era posible una labor tranquila y continua, unas veces por las revueltas de los indios bravos, refractarios á toda innovación que viniese á turbar su vida primitiva, otras por las revoluciones de los blancos y de los seudoblancos, más temibles y frecuentes.
En este último período de la vida de su padre fué cuando conoció ella en Monterrey al ingeniero Balboa. Tenía catorce años, y este hombre venido para hablar con don Gonzalo de ciertas minas recién descubiertas al otro lado de la frontera no contaba indudablemente más allá de veinticinco. Una diferencia de diez ó doce años supone la juventud ó la vejez en la última parte de nuestra existencia, pero al principio del camino no es obstáculo insuperable, y muchas veces hasta representa para la mujer un atractivo misterioso, cuando la tal diferencia pesa del lado del varón.
Al contemplar ahora al ingeniero en su casa de Madrid, con cierta lástima por su avejentamiento melancólico, se dijo interiormente: «¡Y pensar que este hombre fué mi primer amor!»
Balboa era incapaz de sospecharlo, y en el caso de poder adivinar lo que pensaba su visitante, habría creído que esta señora se burlaba de él.
La hija de Ceballos no dejó nunca traducir sus sentimientos en aquella época lejana, pero se acordaba aún del interés que le había inspirado durante varios meses el extranjero de barba rubia y ojos azules, dulce de palabra y algo tímido, que por ser español lograba hacer revivir todo lo que ella había oído de sus ascendientes.
En casa de los Ceballos se hablaba con veneración de los tenientes y capitanes, así como de los leguleyos y empleados de la Real Hacienda, venidos de España para perderse en la silenciosa California. Se les describía como si hubiesen sido omnipotentes personajes, íntimos amigos de los monarcas. Todos los cuentos maravillosos de brujas, duendes y magos que le habían contado siendo niña las criadas mestizas de la casa ocurrían siempre en viejas ciudades de España. Además, ella había leído muchos libros españoles antes de aprender el inglés en la escuela pública, y estos volúmenes vetustos adquiridos por su abuelo eran novelas románticas ó colecciones de versos que hacían referencia siempre á la tierra originaria de sus ascendientes.