Ricardo Balboa, el primer español conocido por ella, personificó en forma tangible todos los héroes admirados en los libros. Su pasado le daba también un interés novelesco.

Venía á ella como un herido sentimental necesitado de curación y consuelo, arrastrando su historia melancólica. Iba de luto y parecía triste. Su mujer había muerto en Méjico y él tenía allá un hijo único, recuerdo de tan breve unión. Concha sintió agrandarse su amor silencioso de adolescente con abnegaciones de madre. Se admiraba á sí misma al pensar cómo podría ella rehacer y embellecer la vida de este hombre.

Pero Balboa se fué de Monterrey sin haber adivinado nada, y la hija de Ceballos fué la única que conoció esta novela de amor vivida unilateralmente durante unas semanas, sin palabras ni hechos.

Continuó su existencia, y el paso de cada año fué cambiando el curso de sus pensamientos, las predilecciones de su sensibilidad. Cuando Balboa escribía á su padre por negocios de minas, ella oía sin emoción su nombre ó sonreía compadeciéndose á sí misma. «¡Un capricho absurdo de los pocos años!» Otras cosas y personas le interesaban ahora.

Huérfana de madre y teniendo que mantener el decoro de su casa, el único hombre que debía preocuparle era don Gonzalo. Parecía el último superviviente de una época extinguida, con todas las amarguras y las quejas del vencido. Los gringos se habían adueñado del país. Los californianos á la antigua iban desapareciendo, y resultaban ya tan escasos, que pronto podrían contarse con los dedos en cada población. Los hijos se modificaban, educándose en tales ideas que no parecían haber sido engendrados por sus padres.

Ceballos miraba al cielo con asombro y escándalo al encontrar jóvenes del país que se llamaban Villa, Pérez ó Sepúlveda y le contestaban en inglés cuando él les hablaba en español.

Además el oro de California ya no era abundante, y esta riqueza, que tenía algo de poética por su brillantez y su tradición, había sido reemplazada por un producto sucio, hediondo, infernal. La gente hablaba menos de las minas auríferas. Todos buscaban descubrir un pozo de petróleo... Y al mismo tiempo que la vida se modificaba en torno á él, iban desapareciendo las últimas migajas de su fortuna.

Conchita no mostraba las tristezas y desalientos de su padre al pensar en su porvenir. Tenía la seguridad y el aplomo de la soltera en ciertos países del otro lado del Océano, donde la mujer se ve altamente apreciada, por ser menos numerosa que el hombre, y no tiene mas que escoger entre varios pretendientes. Podría casarse cuando quisiera. Miss Conchita Ceballos gozaba de cierta celebridad en todos los territorios de las antiguas Misiones.

Los periódicos de San Francisco habían publicado versos llamándola «estrella de Monterrey». Entre tantas mujeres rubias y de pupilas claras, originarias de los países nórdicos de Europa que poblaban ahora California, esta belleza morena, con ojos negros y dorados, grande, vigorosa, de aire resuelto, como una reina de tribu, representaba cierta novedad, que al mismo tiempo nada tenía de nueva, pues parecía responder á las tradiciones del país. Muchos la admiraban como una concreción de la raza india y la raza española confundidas durante el período colonial. Además era una Ceballos, pertenecía á la más noble familia del país, y su origen, tanto como su belleza, hacía que los mineros y los negociantes súbitamente enriquecidos acariciasen mentalmente el honor de casarse con ella.

Rechazó numerosas proposiciones de matrimonio y fué dejando pasar el tiempo sin decidirse por ningún hombre. Muchos juzgaban imprudente esta lentitud; temían que al ir entrando en años quedase soltera para siempre. Otros la juzgaban refractaria al matrimonio por su deseo de no separarse de don Gonzalo.